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Un c(r)uento de Navidad


La cena de Nochebuena, como siempre, excelente, y como siempre, igual. Sopita de marisco, frutos del mar y cordero lechal. Todo ello preparado por mi eterna madre. Postre, panacota, para variar, pues es el único plato al que se le permite, por consenso, mutar de año en año. Un verdejo del Duero para los mariscos y el Muga de reserva habitual para la carne. Los primos de Castellón y mi hija, ahora de Madrid, con su inane marido, presentes. Absolutamente nada verdaderamente nuevo a la mesa. Se cantó por Cesária Évora, Los Calis, Manzanita y al final me arranqué con mi solo de Azzuro que hizo que, al igual que viene ocurriendo desde hace diez años por Nochebuena, a mi madre la arrebatase la melancolía por mi padre y se retirase, taxi mediante, a la residencia Palacio de Plata, lugar al que se fue a vivir por iniciativa propia sin titubear a los pocos meses de morir su, no tengo aún muy claro si amante, esposo durante 39 años. La nieve tradicional por Navidad, al igual que nuestras usuales pegas a su marcha, no impidió tampoco este año que se retirara antes de hora. Para que algo cambie las cosas tienen que permanecer inalteradas, y así sucedió.
Noté que lo que había deseado durante toda mi vida se iba haciendo realidad hacia el previsto final de la reunión, cuando el vino, los Mon Chéri y la tercera ronda de orujo con miel habían hecho mella en la mayoría de mis familiares, especialmente en mi señora, como de costumbre.
La primera sensación fue idéntica a la de un repentino e inexplicable calentón. Eché mano a mis partes bajo el resguardo que ofrecía el mantel de gala de tul rojo engarzado con flecos de similor en los bordes y enseguida noté que algo ahí abajo había cambiado. Me ausenté medio encorvado, simulando que los efectos del alcohol eran mayores a lo que en realidad eran (“Mira cómo va”, comentó, a lo Cachao, mi hermano), y me dirigí al aseo de invitados de la planta baja puesto que en el principal se encontraba mi hijo menor, probablemente preparándose alguna raya, de lo que sea que consuma la juventud hoy en día, antes de salir de fiesta. Sólo espero que no se meta ketamina, que he oído que eso es para caballos.
Como la de un caballo, no, pero casi. Así de grande la tenía. Y sin erección.
Bajo la blanquísima luz, como de hospital (hay que cambiar esas bombillas de 120 cuanto antes), aquellas venas y venillas, que seguían siendo las mías, y también la vieja cicatriz de cuando mi circuncisión, adornando ese cacho de carne coronado por un puño rosado causaban respeto, por no decir otra cosa. Mis injertos de teflón eran ahora unas insignificantes protuberancias, como un par de granitos en un muslo humano adulto sin pelos lastimado por ortigas. Tal que todo el dinero y tiempo invertido durante años en un nunca acontecido alargamiento, y engrosamiento, de pene hubiera surgido efecto de sopetón, así era. Una auténtica peripecia por Navidad, pensé.
Respiré aliviado cuando comprobé que mis testículos seguían siendo los mismos cojones de toro, pequeñitos y pegados al culo, de siempre. Se iba a enterar mi mujer. ¡Lo que me costó que empezáramos a hacerlo con mis implantes! “Eso son tonterías. Eres peor que un chiquillo. Si es normal.” Nunca quise una polla normal y ahora no la tenía. Al fin.
Volví henchido de hombría y seguridad en mí mismo y desprovisto del más mínimo síntoma de alcoholemia al comedor colonial donde mi señora era la que mejor desentonaba el Adeste Fidelis. Mi hijo se había ido sin más, todo puesto, seguro, junto a sus primos, de Castellón. Mi hermano, su esposa y la pequeña Alicia junto a mi mujer y yo, sin olvidar a nuestra viejo bóxer Camila, éramos ya los últimos que quedábamos pues al poco de mi vuelta también mi dulce ojito derecho se llevó a esa cosa calva y con gafas que tenía por marido, escritor dice que es, al antiguo dormitorio de mi niña. Mi adorable sobrina Alicia, como único ser allí totalmente sobrio, junto a Camila, y esta a lo mejor no tanto ya que, como de costumbre, el graciosete de mi hermano le había mezclado coñac en su particular cena de Nochebuena que consistió en paté de beef á champignon, reparó, no me cabe la menor duda, en mi aumentado atributo.
Me levanté varias veces de la mesa para ofrecerle a la niña todo tipo de turrones, de uno en uno, de las variadas bandejas de latón reforzado (de usar y tirar) que descansaban sobre el escritorio de nogal Luis XVI, de la que los otros tres adultos cantaban, ya sólo podía definirse aquello como 'intento de', villancicos rocieros.
“A lo mejor el de nata con nueces y piñones también te gusta”, y me levantaba de nuevo, se sentaba tres sillas a mi izquierda, entre sus padres, y volvía hacia ella con la bandeja en la mano ofreciéndosela a la altura de su cara, la misma altura a la que se encontraba mi zona media, y la pobre criatura con la boca abierta y la mirada ojiplática fijada, a través de sus rizos de canela, en mi paquete, al que yo en ese momento hacía palpitar con contracciones que partían de mis músculos perineales atravesando el paño fino de mis pantalones de pinza, agarraba e introducía el corte de dulce en su boquita garganta abajo sin pestañear una sola vez.
“Canta con nosotros, Juaqui.” Ana siempre me llama Juaqui, o Juaquirrini, depende, cuando está borracha. Sus dotes de anfitriona estaban bajo mínimos. Mi cuñada no iba mucho mejor y a Adolfo se le había puesto mirada de coche con las luces de posición encendidas. Camila yacía patas arriba junto a la chimenea con su baba uniéndose al mármol blanco (de Carrara) del suelo.
“Mejor os quedáis a dormir. La suite de invitados la dejó preparada Gwendoline antes de irse esta tarde.” Yo dije eso.
“No, Juacón”, Adolfo me llamaba así cuando estaba borracho, “mañana vamos a comer”, aquí le entró hipo,”con mis políticos, ya sabes”. Otro hipo, casi eructo. Silvia María con sus mechas rubias alborotadas no estaba para decir gran cosa. La que habló fue Alicia:
“Ay, papi, quiero quedarme con tito Jota y tía Anita.” Once años la cría. Como mi perra. Sabía poco.
“Sí, sí”, creo que dijo mi mujer.
Tras los efusivos abrazos de despedida de mi señora acompañé a los tres a la segunda planta. “Te espero en la cama, Juaquirrini. Y no me tardes.”
Ascendimos, yo con la mujercita en brazos, por la escalera imperial. Durante el trayecto, Alicia me susurró al oído que quería que le enseñara una cosa. La miré con reprobación, apartándome de las suaves cosquillas que provocaban sus larguísimos tirabuzones, pero dibujé una sonrisa, y lo de ahí abajo también tuvo un acceso de simpatía por esas palabras, aunque logré que no fuera a más, aún.
“Vosotros, podéis encontrar unos pijamas donde siempre, pero a Alicia, con todo lo que ha crecido este año, voy a tener que ir a buscarle al sótano algún camisón de cuando Blanca era pequeña”, les dije a los tres de la que nos adentrábamos en la salita de la suite de dos dormitorios, demasiado recargada para mi gusto. “Voy contigo”, dijo la pícara. “Vale, pero no os entretengáis”, contestó la madre. “Mejor acuéstala tú”, añadió mi hermano, “que con lo presumida que es os podéis tirar horas hasta dar con algo que le guste. Se parece a su madre”, y le dio un codazo juguetón a Silvia María de la que esta se deshacía de su original blazer. “Descuida, no tardaremos. Acuérdate que mañana tienes que llamar a los yemeníes, que esos tipos no celebran el nacimiento de nuestro Señor.”
Tomé a mi sobrinita nuevamente en brazos, con mi mano izquierda soportando sin esfuerzos sus descubiertos muslos blancos, y con su vestidito rosa de algodón egipcio y satén en volandas les dimos las buenas noches a sus papás cerrando tras nosotros la puerta que comunica el dormitorio principal de la estancia con el otro. Tras el cierre de la puerta sus limpísimos mechones volvieron a acariciar mi cara y oí cómo la más dulce de las voces me decía muy queda: “Quiero verlo.”
Bajamos las escaleras y a través del ascensor de servicio llegamos sin decirnos nada a la bodega.
“Primero tienes que escoger un camisón. En aquel armario (el empotrado) hay dos cofres con el nombre de Blanca. Rebusca en el mayor de ellos.” No más de diez segundos más tarde la niña estaba de vuelta con una prenda en la mano y decía con determinación: “Quiero verlo.”
En cierta manera me recordaba a Blanca, de pequeña, pero no más que cualquier otra niña guapa de incipiente desarrollo, rosácea piel, ojos grandes y boca de piñón, la verdad.
Cuando la hebilla argentina de mi cinturón de gamuza golpeó la tarima flotante lo que había bajo mi slip amenazaba con traspasar el algodón y la lycra del calzoncillo. Se podría decir que la cara de la nena era todo boca ya en ese instante. Siempre había habido bastante humedad en los bajos de la casa y aquella noche no era diferente. Mis dos pulgares se deslizaron bajo el elástico de los Cavalli y en una secuencia de movimientos pausados, con flexión de torso incluida, acabé dejando al aire mi pedazo de polla. Mi sobrina emitió un sonido ahogado por el asombro, que ni siquiera le permitió gritar. Aquello se me estaba empezando a poner duro y por tanto, más grande. Tres o cuatro segundos después, con los pequeños dedos de la chiquilla dirigiéndose hacia el descomunal miembro viril, aquello alcanzó su cénit sin más ayuda por mi parte que la del morbo de tener a la pequeña babeando (literalmente) enfrente de mi supernabo.
A sus manitas le faltaban dos palmos para poder juntarse sobre la piel de mi aparato, lo cual no resultaba impedimento para que la nenita, de pie, con todo su instinto, lograra darle un ritmo satisfactorio a la masturbación de su tío que estaba muy a gusto con los brazos en jarra y su mirada cenital. La chiqui también se inclinaba ligeramente y le daba besitos y algún lametón a la cima de mi pedazo de carne, muy intuitiva ella (imposible que intentara siquiera una felación canónica), o frotaba toda su cara, repito, toda su cara, a lo largo y ancho de mi, sigamos llamándolo así, pene. Se agarraba a mi rabo, lo rodeaba con sus brazos y en un momento dado hasta se colgó de él con todo su peso sin que aquella hercúlea erección se resintiera en lo más mínimo. Le dio algún bocado y todo. Ella entendía a un hombre perfectamente. Convertía su centro del universo en el centro del cosmos, así debía ser siempre (cosa que no era así siempre). Ella era la pureza y tras unos minutos recibió con deleite un chorrito de la esencia del génesis en la boquita abierta hasta sus orejas. Los incontrolables espasmos que me asaltaron en el momento culmen hicieron que los abundantes y potentes chorros posteriores, que por otro lado no eran nada nuevo para mí (cremas y otras cosas que me aplico con regularidad), se dispersaran por las paredes de gotelé, la madera de pino del suelo y hasta alcanzaron a las bastante alejadas barricas de sherry. El éxtasis estuvo a la altura del tamaño y apenas pude refrenar mis alaridos de placer. 
Al terminar tuve que echarme, todavía con los pantalones por los tobillos, en la chaise longue negra de Roche Bobois. Alicia no dejaba de maravillarse, tumbada en mi regazo con la melena desparramada, ante la bestia, ahora dormida. Le decía cosas apenas audibles para mí mientras la miraba embelesada y la acariciaba como ninguna mujer podría haberla acariciado. Al cabo de un rato, sin haber echado de menos el cigarrillo de después, le dije que subiera y se lavara los dientes antes de irse a la cama, que había dentífrico y cepillos sin estrenar en la alacena de su baño en suite. Fue curioso que sólo le diera un beso de buenas noches a mi falo, de hecho, creo que ni siquiera me percibió como persona al darse la vuelta en el quicio de la puerta ojival y clavar por última vez antes de irse sus ojos en mi órgano viril.
Luego subí. A mi dormitorio de la planta baja. Encendí la luz. Mi mujer, por supuesto, estaba profundamente dormida. Supuse que a pesar de la borrachera que la había arrastrado hasta la cama, no había olvidado ingerir su dosis nocturna de Valium 10. Estaba acalorada no sólo por las altas temperaturas del termostato general y, por tanto, estaba sin tapar con la funda nórdica de color borgoña. Su postura era supina en plan estrella de mar. Se cuidaba bastante, tampoco es que tenga ya gran cosa que hacer, y a pesar de sus 47 años mantenía una figura aún deseable. Su negligé de seda con amplias zonas de encaje negro, un tanto atrevido, se había desplazado por encima del comienzo de sus nalgas y dejaba al descubierto la braga roja de raso, casi brasileña, que se me antojaba mal combinada. Me desvestí por completo. La cosa me llegaba por la rodilla. A pesar de todo, de mis aventuras en los viajes de negocio por el mundo, de mis frecuentes visitas a los burdeles de ese mundo y de mis escarceos por internet, amo a mi mujer profundamente. Y esa noche iba a amarla más profundamente que nunca.
Sintonicé Radio Clásica en el Bang&Olufsen. Ponían algo que sonaba a composición rusa de principios de siglo pasado, a algún tipo de marcha militar. Fui al baño a por lubricante. Al ponerme de rodillas sobre la cama, para darle la vuelta a mi señora, accidentalmente, mi gigantesca verga sufrió un pisotón de mí mismo. Dolió cómo duelen estas cosas, pero nada más.
Una vez le había quitado la braga a mi esposa, pude admirar lo mucho que la rejuvenecía desde ese ángulo el blanqueamiento anal al que se sometía, a mi instancia, desde hace una temporada, y la enorme polla que se había desarrollado sin previo aviso aquella misma noche comenzó de nuevo a requerir de toda la sangre disponible en mi cuerpo. Aceleré este hecho con mis dos manos que apenas llegaban, por la parte más ancha, a rozar sus dedos de una mano con los de la otra. ¡Vaya pollón tenía!, pensé, y nadie hubiera dicho lo contrario, de haber estado alguien más allí, aparte de mi señora, que seguía dormida como un lirón por estas fechas.
Con las rodillas hincadas en el colchón de látex aquello me pareció de mayor tamaño todavía.
Volví a darle la vuelta a Ana. No quería, si por un casual fuera a despertarse, de la que la penetraba con mi megapepino, perderme su expresión facial.
Tras vaciar el bote de lubricante en la vagina de mi mujer, que ni se enteró, me dispuse a follármela. El tema estaba complicado. Al principio.
Conseguí dilatarla friccionando con una mano la parte donde se supone que está el clítoris mientras con la otra mano ensanchaba todo lo que podía su coño, que a estas alturas y gracias no sólo a los dos hijos de tres partos que tuvo en su día sino también a los grandes consoladores a la que la había ido acostumbrando, ya estaba bastante dado de sí, o así me las prometía.
Ya dije, el glande era como un puño, con mayor grosor que el resto, y me costó varios minutos de esfuerzo y paciencia introducírselo al completo. Ella gimió de modo ostensible, pero permaneció en sueños. Gracias a Dios, la presión de la perspectiva de realizar el mayor de mis sueños no le hacía pagar tributo al vigor de mi nuevo y extraordinario ariete.
Lentamente, con mucho cariño, aceleré mis movimientos. Iba centímetro a centímetro para adentro.
Me fui animando a la par que los quejidos de Ana iban en aumento. En la radio los ritmos militares seguían pero ella no acababa de despertarse. Le metí un poquito más. Y más. Y mejor, con arte.
Ana acrecentaba su inquietud. Igual que yo. Menudo sueño estábamos viviendo cada uno por nuestro lado. Su coño, no sé cómo, se tragaba ya más de la mitad a cada empellón.
Y sucedió, no me pude contener. Se la metí hasta el fondo. No se despertó. Pero comenzó a gritar para, tras un par de segundos, enmudecer nuevamente.
Saqué mi monstruosa polla de allí llena de sangre. La misma sangre que brotaba de las entrañas de mi malquerida esposa. Actué ràpido. Eso le salvó la vida.
Desde la ventanilla, dentro de la ambulancia, vi la consternación de mis familiares en medio de la nieve gris y marrón por las pisadas. Seguramente se preguntaban cómo era posible que mi mujer reventara por dentro de esa manera. Mi sobrina me lanzó un beso que atravesó los puros copos de nieve que caían mecidos por un frío viento del nordeste a través de la melódica sirena.
Después de todo este asunto, Alicia sigue viniendo siempre que puede y nos las apañamos bien para quedarnos a solas. Muchas veces trae también a amigas del cole.
A mi mujer, aunque ha perdida la forma, la dejaron bastante bien, como se puede comprobar en la fotografía de abajo, y yo, la verdad, es que, aunque no vaya a poder hacerle el amor a nadie nunca más, estoy contento de seguir teniendo esta inmensa virilidad que me fue concedida por vete tú a saber qué dicha navideña. 







FELICES FIESTAS








 

La verdadera inmanencia según una obra de arte de andar por casa

En mi hogar se ve mucho la televisión. La ve uno, la ve otro. Yo siempre la veo. Estoy colgado frente al televisor. Diría que llevo así toda la vida. Pero no es verdad. La tele siempre está encendida, de día y de noche. De día la ve uno y de noche siempre la ve ella. Se duerme con ella y por la mañana sigue encendida, y entonces la mira él. Hasta que ella vuelve por la tarde a casa, hace sus cosas y se pone a mirarla, junto a él. Así hasta que se hace de noche y ella hace la cena y cenan juntos ante el televisor. Hablan, poco. Luego él se va al dormitorio, enciende la otra tele, la más pequeña y la ve hasta que se duerme. Muchas veces también esta se queda prendida toda la noche. La oigo desde aquí. Yo fui creado para hacer de algo así como televisor, de algo más que eso en realidad, pero hace mucho que nadie no solo no me mira sino que no me ve. Se darían cuenta que he perdido color, viveza. Que la bruma que estalla a las faldas del pueblecito pescador abandonado entre valles ha perdido vigor. Que mi cielo azul con vetas blancas y algún ingenuo tono rosado ha palidecido como jamás se hubiera imaginado mi creadora. Que la gaviota que vuela más alto casi se ha perdido en el horizonte turquesa casi ya no de ese color; un verde moho, es bastante preciso. Me resquebraja la humedad y el humo, porque fuman, sin parar, en esta habitación pocas veces ventilada, siempre oscura, con la persiana abajo. Nunca pretendí ser gran cosa, ni mi madre, sinceramente, me hizo con esa intención pero era capaz de dar alegría, de quedar bonito, de hacer sonreír y hasta, sí, soñar a quien me mirara sin prejuicios. Mi función era la de evocar, sin grandes aspiraciones. Podía haber cumplido con mi cometido pero aquí estoy: mustio, blando, embrutecido de tanta televisión. Alguno de los programas me gusta. Alguna película. Al principio, en la otra casa, en el otro país, esta sensación de abandono me era desconocida. Fue llegar aquí y encaminarme, en verdad, todos los habitantes de esta casa emprendieron ese camino, hacia la disolución, como decía mi hermana, aun de cuerpo presente en la pared contigua, cuando podía conversar con ella. Ella no pudo soportar más tiempo la situación y comenzó a rajarse, pasando incluso esto hasta hoy inadvertido a nuestros dueños. Era más delicada que yo, de un trazo suelto y cariñoso y desde luego mucho más sensible. Estaba predestinada, en realidad éramos hermanastros de la misma madre (no llegué a conocer a mi padre, creo que no lo tengo), a alcanzar mayores metas envuelta en su modernidad tan simple que era grandiosa sin salirse de ningún plano de la realidad. Sus metas fueron fijadas en 800 marcos hace muchos años. Siempre supe que fui de relleno en aquella transacción aunque mi hermana lo negara, queriendo con ello animarme y darme valor. Pero de quien se enamoraron fue de ella cuando fuimos ofrecidos por aquellos estudiantes de arte. Lo sé. También sé que ellos antes estaban enamorados. Pero algo pasó, fue mal, al poco de llegar a este sitio que por lo poco que pude ver y recuerdo de cuando se abrían las cortinas blancas, ahora amarillentas, es mucho más pobre que aquel del cual procedemos y donde fuimos creados. Aún recuerdo nacer. Mi base texturada, mi primer esbozo, los cambios con los juegos entre los colores, lo que fue mar calmo embraveciéndose, el jugoso detalle del portón entornado en la casita de piedra de arena en primer plano y muchas cosas más. Fue hermoso ver la luz al final y reposar un tiempo viendo a más hermanitos nacer, fui el primer hijo de mi madre, muchos de ellos teniendo que ser abortados nada más concebirse por su propio bien. Más tarde llegaría ella, a cuatro manos porque ella tuvo también padre. Me pareció extraña al principio, tan diferente a mí y a todo lo que había visto antes. Están discutiendo otra vez, que es un vago le dice ella, que bebe. Entiendo que mi delicada hermana no soportara esta vida. A veces yo también me encuentro exhausto de mostrarme y quiero desgarrarme pero mantengo la fe, Dios sabe cómo. Nuestras peripecias con ellos, una vez desenrollados, comenzaron con el enmarcado, tan indigno, sobre todo para con mi hermana, pero por entonces no le dimos mayor importancia pues parecían felices, sí, aunque ahora cueste creerlo. ¡Ah! Me han dado. ¿Qué es? Un cenicero, como la otra vez, y lleno de colillas. No sé de qué pasta estoy hecho pero tampoco ahora han conseguido dañarme. Me han ensuciado con ceniza nada más. ¡Vaya tela tengo!

Im Hintergrund, die Schriftstellung

El tabaco persa se combustiona en columna desde el ébano de la pipa de Ledigow hacia el techo alto del salón de la calle Rosarina 8, 2º piso. El aroma lo vicia simpáticamente la mezcla de manzana dulce contenida en lo que arde en su último regalo de cumpleaños. 44, su mujer. 48, ella.
De tan inmóviles sus miembros podría decirse que parece un tallo auténtico, un tanto difuminado, lo que se escapa de su mano hacia arriba y se expande a lo ancho y hacia abajo ya deshecho en el pintado, e intensificado así por las marcas de nicotina extendidas desde hace años, techo amarillo. Esa acción del humo conforma un árbol, que no sería un manzano. Un Platanus orientalis, enanísimo, quizá.
“Ahí sólo encontrarás poesía”.
La voz de Heinz, de acento marcado, ha sonado desde lejos, mitigada por las alzadas solapas marrón oscuro de su batín de raso por lo demás azul marino.
Su mujer trata de que mantenga sino el porte, al menos, y aunque sea para andar por casa, los vestigios del estilo prusiano un tanto rebelde, a la berlinesa moderna, con que la conquistó.
Su mujer no está en casa. Es a Marta a quien se ha dirigido. 21 años y pico más joven que su mujer y una alumna del centro de idiomas Hofmannsthal, además.
El matrimonio Heinz Gerhard Ledigow y Eva María Sánchez Rojo se yergue desde hace 17 años sobre un firmamento de inamovibles basas constituidas de confianza, rectitud y cariño, con sólo una grieta reciente compuesta de total falta de pasión achacada por Ledigow a la menopausia de su señora, no al paulatino e inexorable decaimiento de su propia libido para con su mujer.
Había conocido a su esposa cuando ella era una estudiante de posgrado, él estaba a punto de licenciarse en Estudios Hispánicos, en la Freie Universität de Berlín, cuya celebrada tesina en la Complutensis de Madrid, allá por el año '89, “Literatura reciente de compromiso en las islas británicas y sus consecuencias sobre el libre mercado audiovisual de allá” habían catapultado a Eva María hacia una beca completa, sin apoyos sospechosos, inaugurada ese año en ese centro alemán, y para la que había únicamente dos plazas para extranjeros. El posgrado en cuestión, impartido íntegramente en inglés, convertiría a Sánchez Rojo en doctora en Psicología Social, desviándose ligeramente, "cual hugonote" según ella, de su licenciatura original en Ciencias de la Comunicación.
Ya comprometidos, viajes, y un proyecto solidario, por la desmoronada Europa del Este y Sudamérica después, respectivamente, ella obtuvo plaza en una nueva cátedra creada prácticamente ex profeso para ella, tentáculos de la conservera Sánchez&Sánchez (papi, tito) mediante, en el Centro de Estudios Universitarios San Pedro, de Oviedo, por sí mismo con apenas tradición.
“Voy a cambiar el sistema desde dentro” era su mantra cuando al fin claudicó ante el redil familiar de rancio abolengo asturiano, por parte paterna, si bien con amplias ramificaciones sureñas. Su familia siempre supo que una vez casada, o al menos comprometida como estaba cuando surgió aquella oportunidad, la hija única, desde aquel trágico accidente de caza en que murió el primogénito de Pepe Sánchez Sánchez y María Dolores Rojo Matute, ella ahora también recientemente fallecida, Juan José, acabaría por dejar de lado su modus operandi tan poco práctico de trabajo de campo in situ, como la aventura en Ecuador, si bien en el consejo de adminstración de Sánchez&Sánchez se llegó a debatir, vista la productividad que causaban las subvenciones y donaciones particulares unido al proyecto sobre la imagen de marca, acerca de la posibilidad de no sólo mantener sino ampliar aquel proyecto de explicativo eslogan “Agua limpia. Adiós a muchas infecciones”.
La casa y manutención, eso sí, la mantendrían ella misma y su enseguida convertido en marido Heinz, este oportunamente colocado, previa baja voluntaria bien remunerada de su predecesora, como jefe del departamento de Biblioteca de su universidad privada. La directora saliente, por cierto, montó una pequeña librería de viejo en el centro de Gijón que se mantiene a duras penas a flote (Heinz va mucho por allí desde que se instalaron, al poco de estar casados, en esa ciudad costera, mucho más habitable que Oviedo).
“La literatura está al fondo.”
La falda roja de algodón y poliéster, hasta la rodilla, donde empiezan a descender unas calcetas verde y negras en horizontal, de innumerables pliegos, se eleva a la velocidad debida al gracioso giro que Marta da volviéndose hacia Heinz, Herr Professor.
El bamboleo de sus desnudos pechos que se asoman alternativamente a derecha e izquierda tras su espalda desnuda parece acompasar la popular melodía de un aria del Turandot que Marta silba perfectamente.
“Tienes mucho oído. Silbas bien. Sehr gut.”
Ni ahora Ledigow ha sido capaz de mover algo más que sus labios, amén de sus pestañas; sus pestañas que le recuerdan que no está en una ensoñación sino simplemente aletargado.
“Mi novio la está sampleando con drum&bass. Dice que va a hacer un disco y todo.”  
Che bambola, atravesó la mente de Heinz.
Dado que los compromisos, y cometidos, de su mujer siempre se extienden, y ascenso tras ascenso han ido ampliándose más y más, mucho más allá de los suyos en su centro de trabajo, Heinz acabó por buscarse un sitio en Gijón donde poder impartir alemán por las tardes de entre semana, tres días.
Por lo general, cuando su mujer no estaba de viaje, ya era directora adjunta hacía unos años, comían juntos siempre a las dos, a dos pasos de la universidad sita a principios de la Correduría en Oviedo. A las dos en punto siempre. Ella recalcaba, cómicamente, de vez en cuando, impersonando una imitación mitad acento bávaro mitad berlinés, puede incluso que haya algo de “hessisch”, aquello de: so preussich wia uns gibbet's ja net, wua Heini?
A poder ser comían platos típicos, casi siempre con prisas, por los compromisos de ella. A Heinz le encantaba la cocina asturiana, tan pesada y con tanto sabor que la hacía digna, a su paladar, de un “imperio”. No le extrañaba que esta tierra hubiera sido siempre tan difícil de conquistar y lo achacaba a la manera de comer de sus habitantes. Estaba convencido de ello y aunque lo dijera siempre en tono jocoso, en el fondo lo pensaba, al menos en lo que se refería a tiempos predecimonónicos, cuando, y lo podía argumentar cuando era requerida por alguien una explicación más exhaustiva, el desarrollo tecnológico desplazó casi por completo a los arrestos y arrojo como elementos decisivos en las guerras. “Sobre la obsolescencia de la infantería en los ejércitos contemporáneos de los estados modernos del primer mundo ” podría ser un tratado interesante de abordar, elucubraba en ocasiones, pero forzosamente a realizar bajo el andamiaje de un corpus teórico que no iba mucho con él. Se percataba de ello, tampoco es que fuera un ingenuo.
Tras la comida se despedía de su mujer, ella volvía al trabajo, y llegaba a Gijón en tren más allá de las tres y pico de los lunes a viernes lectivos, y con paso acelerado al bajar del tren caminaba hasta el principio de Cimadevilla, el barrio alto de Gijón donde habitaban, para llegar, casi siempre justo a tiempo, a ver Saber y Ganar, un concurso de preguntas y respuestas de Televisión Española “de nivel”, decía él, que nunca se perdía.
Se enfadaba muchísimo y hasta perdía la compostura, ahí, en el mismo sillón en que ahora se encontraba, en modo que no puede calificarse distinto a pétreo, sentado, cuando encendía el televisor, esto solía ocurrir en lunes, con las pantuflas rápidamente puestas nada más cruzar el umbral de casa, y, sorpresivamente para él ya que jamás leía la sección de deportes de los cuatro periódicos matutinos (uno de ellos alemán, el TZ berlinés, pero del día anterior hasta hace poco) que leía en su puesto de trabajo, iban perfilándose tanto las siluetas de unos ciclistas esforzados como las voces de unos locutores narrando empáticamente esos esfuerzos en el televisor.
No le gustaban nada los deportes y daba la razón a su esposa, inexplicablemente para él, una de las pocas personas que conocía de este país, fuera del ámbito universitario, aunque ella también formara parte de ese ámbito, que veía las cosas de la misma manera que él en ese aspecto. “Opio no, heroína en vena”, decía ella, y Heinz asentía cada vez que oía su propio lema en boca de la mujer con la que estaba casado.
“Soy el gato que está triste y azul con la mirada puesta en el hombro ausente del tiempo”, comenzó a leer Marta en su clara voz de cara a él con sus dos pechos redondeados y a la vez puntiagudos al aire mirándole fijamente.
”Pero, ¿no es poesía esto?”, inquirió ella.
“La prrossa poética la guardo con la naggatifa. Ya sabes, cuestiones formales.”
A veces, le parecía ocurrente, forzaba lo teutón de su voz. Seguía sin moverse. El humo continuaba ascendiendo.
Barruntaba que Marta no podría seguir sus razonamientos implícitos pero un profesor siempre ha de aparentar serlo y puede que, no lo tenía del todo claro aún, Marta formara parte de las personas que se impresionan ante personas cultivadas, y eso no le venía nada mal a Ledigow de cara a equilibrar las pasiones, ya que él estaba de un modo profundo impresionado por las formas de Marta desde el mismo instante que comenzó a formar parte de su reducido grupo de alumnos en la planta baja de la calle San Romualdo 87, bastante cerca de casa. A lo tonto eran siete cursos, siete años, ya. Más o menos el tiempo que tarda un iceberg en deshacerse flotando a la deriva, dependiendo de la temperatura del mar, claro.

Hoy: Actividades culturales más bien pulp antes que sci-fi con Leo. Encuentro interestelar de Bloggers

Salí silbando, así: fififi-fifi. Pero no silbo muy bien por lo que comencé a tararear: la-lara-lala.
En fin, estaba contento pues me dirigía al encuentro interestelar bloguero del universo universal en Cabueñes, Gijón, esa ciudad, a las afueras de esa ciudad, más bien no, mejor.
Como creía que el seguro cúbico de mi nave había caducado y no me apetecía utilizar algún transporte público de los que disponemos, como un 3Conchas, decidí teletransportarme hasta Cabueñes.
Una vez rehecho allí inhalé el verdor de los montes, colindantes pero a lo lejos, que preñaba el no demasiado puro aire frío que se filtró hasta mis pulmones llenando esos elementos renegridos en mate de mis nuevos órganos (me había agenciado una naturaleza fumadora por saber qué era eso, más que nada), con el vigor que da encontrarse, más bien menos que más, en plena naturaleza, que es una cosa que yo desconocía absolutamente.
Pasé un poco de miedo nada más aparecer allí en medio de un prado, precisamente por estar en medio de la hierba, antes de reanudar mi respiración, lo de la respiración (inspiración-espiración) viene porque viajo con una máquina un tanto obsoleta, de los primeros modelos, ya se pueden imaginar, pero el susto se me quitó enseguida cuando vi que estaba a tiro de piedra de la majestuosa construcción nacional-catolicista de hace siglos de la Universidad Laboral y que conocía por fotos antiguas tresdigitalizadas. El péndulo Kriek de orientación magnetoscópica, gracias a Dios (lo de Dios igual no lo saben ustedes pero es que ahora se vuelve a creer en él, en serio, eso sí, tuvo que venir en persona desde la molécula primaria a decírnoslo), no falló como la última vez. Vez que no quiero recordar puesto que tiene que ver con un tarro de mermelada, una niña, un perro, Ricky Martin.... ¿recuerdan? Yo tuve la culpa, sí. No importa, es agua pasada.
A otro tiro de piedra se suponía, y bien, que estaba LABoral Centro de Arte y Creación Industrial, mi destino.
A dos pasos del prau, como sé que se dice por aquí, hallé asfalto y sacudí con fuerza contra el firme mis katiuskas de un amarillo retro, casi decimonónico diría, y distintos dibujitos circuloides, desprendiendo así el barro de la tierra empapada que pisaba unos instantes antes y para a su vez también deshacerme de los restos del tiempo que me pisaba los talones durante el picosegundo que duró mi viaje de hacía un ratito.
Llego a la entrada y me piden el carnet. Sabiendo que esto me iba a pasar, ya que me lo había advertido mi efectivo regenerador particular, me bajo los pantalones y muestro, con poco disimulado desdén, mi nalga izquierda, y con ella, claro, mi código de barras de carbono optimizado (numeración: 22-32-357-500), recibiendo, sorpresivamente, un importante puntapié en mi ya mismísimo culo de humano pretérito.
Pasé de explicarle nada al tipo de verde y me hice invisible primero e inmaterial después para poder entrar sin problemas donde pretendía (entrar).
Floté un poco por allí, traspasando paredes y demás, invisible todavía para no llamar la atención de esta especie de ancestros míos, es decir, seres como ustedes, hasta que me tocara hacerlo (llamar la atención). Se ve que mis unos y ceros no se habían restablecido del todo del tránsito desde donde fuera que vengo yo, pues sin querer, de repente, cuando el evento estaba presto a ser inaugurado, por lo que me pareció, sufrí una bajada de corchos cayendo con tan, buena, he de decir, fortuna, dentro del cuerpo de una señora mayor que estaba de pie sobre unos tablones formadores de algo así como una tarima flotante, denominación que me da un poco de risa, eructando a un micrófono y poniendo cara rara. Lo de la cara rara me vino bien por eso de la transcorporización cuyo mecanismo activé nada más percatarme de hacia donde me dirigía mi caída.
“Seres y seras,” comencé, con la voz y todos los torpes gestos de la ya totalmente mimetizada en mí señora, “aquí falta alguien”.
Murmullos, chiflidos, algún pedo y ruidos varios cruzaron el eco de mis palabras. Los pedos venían de detrás de mí, y también el resto de los sonidos, de parte de los que identifiqué enseguida como bloggers invitados. Aparte de que no podían venir de nadie más pues no había nadie más que un par de bedeles, que vete tú a saber lo que se supone que hacen, rascándose sus partes en las esquinas de la sala, equilátera o no. Bueno, sí que había alguien más. Un tipo friolero que se calentaba con una gorra y orejeras la cabeza, y con un plumífero el torso, y toqueteaba algo en un tipo de mesa. Vamos, lo que ustedes creo que llaman DJ o encargado de poner música, pero música no había, al menos no lo que yo ni nadie de donde sea llamaría música. Da igual.
Me di la vuelta dispuesto a hacer justica al fin a una voz única e imperecedera, como hemos captado al fin en el futuro tiempo y espacio, y que es la de: Leo del Mar.
Miré a la vez a los ojos de todos, pero de todos los bloggers invitados y los...

Desperté. Y al momento de adquirir conciencia de dónde estaba caí en la cuenta de que aún queda una semana para el encuentro interestelar bloguero para el cual no estoy invitado, ¡cagüenmimantu!

Hoy: Actividades huelguistas con Leo al son en cursiva de MGMT

Qué alegría/ salir casi a mediodía/ por Cimavilla en día/ de huelga general nacional y ver que no hay ningún negocio abierto. I'm Feelin rough, I'm Feelin raw, I'm in the prime of my life. Que los dos quioscos de la calle inferior a la mía/, que entre los dos no deben vender más de cien euros al día/, estén cerrados y no vendan esa prensa vendida/. Let's make some music, make some money, find some models for wives. Bajar luego hacia Pelayo (una estatua, fuente) por la plaza del Marqués y ver que la cosa sigue igual, sin panaderías/ abiertas, ni cafeterías/, sin otro quiosco; I'll move to Paris, shoot some heroin and fuck with the stars torcer hacia el muelle y comprobar que ni la administración de lotería/ vende las únicas ilusiones que le quedan a la mayoría/ de la gente. You man, the island and the cocaine and the elegant cars. Encaminarse hacia la calle Corrida/ y confirmar que la farmacía/ y la heladería/ al comienzo de ese trayecto así como la droguería/ y la tienda de comestibles han secundado el paro. This is our decision, to live fast and die young. Meterse de lleno en la propía/ calle Corrida/ y contemplar atónito como la librería// La Casa Del Libro está abierta. 
We've got the vision, now let's have some fun. Acercarse a los distintos escaparates de ese comercio y otear allí sucesivamente libros de Pérez Reverte, Menéndez Salmón, algún maldito francés y contestatari@s varios puestos a la venta por los mercaderes de sus mercancías hasta en un día sagrado como hoy, 29-S. ¡Oh, Duchamp, cuánta razón! Yeah it's overwhelming, but what else can we do? Get jobs in offices and wake up for the morning commute? Alejarse de allí con el pecho henchido bajo la camiseta de Marc Ecko adquirida en rebajas que reza 'True rebels always walk alone' por la satisfacción del deber cumplido, y la garganta aclarada, plasmado en esas vidrieras repetidas veces en forma de sustanciosos lapos de tono verde oscuro. Forget about our mothers and our friends. We were fated to pretend, to pretend. We're fated to pretend, to pretend. Continuar la marcha Corrida arriba y nada, ni un negocio abierto a casi medio día, no hay ni manteros a la vista. Llegar a la plaza del 6 de agosto, sin interés en saber qué efeméride celebra, y sentarse en un banco y más que ver, oír, al primer ser que realiza algo parecido a trabajar: un gitano balcánico de esos que no tienen sitio en Francia tocando en su saxo bajo un standard hispánico, ese que diría en su estribillo vocal “ay, ay, yai, yai, canta y no llores”. Si bien reconocer que es cierto que ofrecer su arte gratuitamente no es trabajar, el hombre ni siquiera exige dinero a cambio, únicamente la voluntad, si es que aún quedara de eso, y asi está bien y así debe ser y será I'll miss the playgrounds and the animals and digging up worms. I'll miss the comfort of my mother and the weight of the world. Encontrarse en la plaza allí sentado rodeado de paseantes y distinguir entre un grupo de gente que dobla la esquina, que acaba dirigiendo los pasos del viandante a la plaza de Begoña, a un viejo amigo de los tiempos del baloncesto convertido en sindicalista dando ejemplo. No saludarlo a lo lejos por no interferir en sus nobles menesteres y liarse un cigarrillo Pueblo porque el mundo está casi bien. I'll miss my sister, miss my father, miss my dog and my home. Oír pocos instantes después aplausos y vítores, y poder aseverar tras desplazarse hasta el lugar de procedencia de esa exclamación de voluntad popular que los responsables del Alimerka de la calle Los Moros cierran ese supermercado por la presión, entre otros, de cierto amigo de otros tiempos, de otras pelotas, con quien fundirse en un efusivo abrazo al momento es un placer. Yeah, I'll miss the boredom and the freedom and the time spent alone. Ni un ligero cruce verbal entre la adolescente novia heavy de un heavy también adolescente y un piquete femenino, porque los primeros querían entrar al supermercado a por unas birras, empañan el disfrute de esa victoria. But there is really nothing, nothing we can do. Love must be forgotten. Life can always start up anew. Para luego de volver sobre los pasos con el fin de emprender el triunfal regreso por Corrida, la mayor arteria comercial de Gijón, padecer alguna zozobra por abrir sus puertas Zara a manos del pibón del día the models will have children, we'll get a divorce y desplegar unas gentes muy morenas dignas del día sin una sola nube (comprobar después si hubo algún aviso por parte del dios de la meteorología asturiana si también iba a la huelga o no, ya que ahora por la tarde llueve como siempre) sus mantas llenas de música e imágenes pirateadas we'll find some more models, everything must run its course y poco después hasta cruzarse con el propio Menéndez Salmón empujando un carricoche. Tener fuerza suficiente después de las ofensas como para variar el natural regreso a casa y no enfilar el paseo del muelle si no doblar por San Antonio al finalizar Corrida y llevarse un alegrón tremendo pues el Sporting de Gijón apoya el llamamiento a la huelga general a través del cierre de su tienda oficial sita en la propia calle de San Antonio. Y ese hecho vigorizar los ánimos lo suficiente para poder afirmar con satisfacción que un poco más adelante su wifitería habitual también permanece cerrada. Y aún tener tiempo para dirigirse a la plaza mayor y participar activamente en una concentración de (CNT no sé dónde andaba) ce ce o o, como diría aquel innombrable presentador de telediarios. Y sí decir, ha sido un buen día. Hasta la peluquera de uno mismo no abrió. Bueno debe ser estar orgulloso, un poco, a veces. We'll choke on our vomit and that will be the end. We were fated to pretend, to pretend (x2). Y qué decir de la solidaridad de algún vecino que sigue permitiendo acceder al que suscribe a su red wi-fi y poder publicar gracias a ello esta entrada que finaliza con la canción que ahora también ustedes pueden disfrutar. I said yeah, yeah, yeah...

Negro oscuro

Dio otro sorbo. Tosió. El reloj marcaba las dos y veinte. Las tres y media. Schizophrenia sonaba en el reproductor. Cualquier cosa con tal de no seguir con la gran Dublinesca. Se encontraba en el Chelsea Hotel. Lo que le faltaba. ¿Cuántas veces se habría alojado allí? De ser por él nunca. Pasan más de dos semanas del 16 de junio. Una eternidad. Al menos no está en Nueva York, ni en Bilbao, ni en Nueva York. Qué pereza. Le apetecía hablar desde las entrañas, desde las suyas. Era inútil intentarlo siquiera. Otro cigarrillo. Lo estaban matando entre todos y todo. ¿Habría algún resquicio? Dudoso, cuanto menos. Le gustaría ser tan político como Morrissey; el Morrissey de Irish blood, english heart, por ejemplo. Conducir de la mano arte y visión social, global o no, como él, como Houellebecq o Blondy, Alpha. Sólo los puestos en modas literarias sabrán deducir por qué no leerá jamás en la vida a Azúa. Lo tiene claro. Algo es algo. Negro, tenía que haber nacido negro. ¿Quedará cerveza en el frigorífico? Quedaba. Viva África manque pierda. Bandera panafricana:

My pref. prof.

Me dejé caer con los antebrazos y bíceps mucho más ardientes que los dorsales de la barra de dominadas y me senté en el otro extremo del banco en el que el que llamábamos a sus espaldas Herculósofos finalizaba sus alternativas series altas de curl concentrado.
“Oye, tú que entiendes de esto. ¿No crees que el protagonista de la canción de Los Suaves Siempre igual está en ese punto concreto del que Feuerbach anhelaba extraer al cristiano prusiano allá en ...”, le permití decir.
“Se dice Feuerbach”, puntualicé.
“Feuerbach, eso he dicho.”
“Has dicho Feuerbach como lo dice todo el mundo que conoces, pero es Feuerbach”, apunté.
Con una sonrisa agarró de nuevo la mancuerna de 18 kilos. Comenzaba las series, al igual que yo, por su lado más débil, el izquierdo. Los ritmos latinos de la sala de spinning iban en aumento y se imponían al hilo musical de ritmos parecidos de la sala de musculación. Todos los ejercicios básicos me dejan desfondado y exprimo hasta el final los 3 minutos que como máximo, con vistas a un aprovechamiento no solo anaeróbico del ejercicio de pesas, se recomienda descansar entre series y ejercicios en la mayoría de manuales de adecuación física. Debo apuntar que sigo los principios de entreno de Joe Weider al pie de la letra.
“Vale, anda. Pues dime si consideras que Nietzsche...”, resopló. No le dejé proseguir en su cuestionamiento aprovechando que hacia el final de la fase positiva de su tercera repetición tuvo que parar y callar. Sin duda, Alejandro Sanz da vergüenza ajena cuando canta Oh, my sister.
“Es Nietzsche”, afirmé.
La gente sobre las bicis de la cercana sala oían decir a Shakira que era una gitana. Terminó sus doce repeticiones sin insistir más en la cuestión que no me había acabado de plantear. Pero de la que me levanté del banco y di los dos pasos que me separaban de la caja de fuerza en la que se hallaba sujeta la barra de dominadas que, a diferencia de otros gimnasios, todos los gimnasios, diría yo, se encontraba allí, mostró su desconcierto con mi ser tiquismiquis, probablemente con las venas de sus brazos y hombros en plena demostración, aunque su vascularidad era infinitamente menor a la mía, de corriente sanguínea. Ese detalle se me escapaba porque además de estar de espaldas, colgando ya de la barra, Herculósofos, al que a veces le decíamos a la cara “eh, filósofo, échame una mano en mi praxis”, iba tapado, ya que en invierno nunca entrenaba, debido a la falta de bronceado artificial, descubierto. Teníamos una semejanza mesomórfica acojonante pero por algún motivo hiciera el ciclo, la dieta o rutina que hiciera su genética, y llevamos coincidiendo siete años en Pepe's Gym, no le había permitido alcanzarme ni en volumen ni en temporada. No es que no me alcanzara, sino que se quedaba a años luz incluso en la comparativa de gemelos implantados. Una vez se inyectó synthol pero le salió el tiro por la culata por el tema de la deformación.
Ya iba a elevar yo mis, bastante definidos para estar en plena fase masa, y a falta aún de 16 semanas para el Open, 121' 7 kilos hacia arriba con la mancuerna de 35 kilos colgando en tintineo entre mis piernas cuando se arrancó al reproche.
“Parece que tu leit motif hoy sea no querer hablar conmigo”, me soltó.
No me contuve, ahí colgado y, sí, le grité:
“Es Leitmotiv, y en mayúscula, coño, como todos los sustantivos: Übermensch , Zeitgeist, Gemüt. La 'e' en Nietzsche se pronuncia, y por Dios, es Aufklärung. Y ya que me apuras la gente que se desnuda como la guarra de tu novia es stripper no streaper.”
En ese punto debió mosquearse Herculósofos que en realidad se llama José Ángel. A causa del esfuerzo que requieren las dominadas ya desde el mismo inicio de cada serie no recuerdo qué canciones llegaban a mis oídos por dos vías cuando la mancuerna de 18 kilos golpeó mi cráneo. Seguro que era la misma basura comercial que aquí dentro. He bajado 16 kilos y medio en apenas dos semanas. Cuando salga del hospital voy a ir al instituto en que da clase y, con mucha probabilidad, matarlo. Putos filósofos.
“¿Tú crees que Schopenhauer hubiera justificado la violencia intestinal que surgió en la Alemania de entreguerras?”, pregunta el inmenso profe José Ángel en ese preciso momento a su alumno predilecto que se preparaba con clases particulares aparte para su futuro ingreso en la facultad de periodismo.
“No, ese que dice, no." Contesta el alumno, y añade: "Ficht sí, seguro.”

Más actividades culturales con Leo. Hoy: El hip hop me persigue

Me decidí por el teatro. Hacía más de un año que no iba a función alguna y cuando vi en el periódico local que habría esa misma tarde una representación de Mercado libre en Gijón, obra que al parecer acercaría a los espectadores a los límites de la moral humana dentro del sistema ¡capitalista!, y donde por las fotos que acompañaban el anuncio seguro que se iba a quedar en pelotas la actriz, resolví ir. No me hacía mucha gracia coger el coche para subir hasta el Teatro de la Laboral que queda a las afueras de Gijón, no lejos, pero fuera como fuera arranqué y allá me fui. Tras adquirir la entrada para "el espectáculo de hoy, por favor" me doy cuenta gracias a lo que pone en el ticket que lo que se va a representar en La Laboral es: Bruno Beltrao. H3. Le pregunto a la chica que cómo es posible si yo venía a ver la obra Mercado libre donde una tía se iba a quedar en pelotas, seguramente. "No, no" me dice, "esto es lo que hay hoy. Si no quiere entrar le devuelvo el dinero porque no sé si le va a gustar. Es hip hop." La pobre chica obviamente no sabía con quien estaba hablando pero la excusé ya que en el último momento a pesar de un mechón trasero rebelde no me había decantado por colocarme sobre la cabeza ninguna gorra. Confirmé en el mostrador mismo, en un ejemplar del mismo periódico que había por ahí y que ya había leído por la mañana, que efectivamente estoy como la pija de un mono. No me daba tiempo tratar de dirigirme al Teatro Jovellanos en el centro de Gijón, a tiro de piedra de mi casa, donde escenificarían el Mercado libre y entre eso, y que me mola el hip hop, pues, me quedé. Error. Ya de entrada me pareció extraño que a una función de hip hop no fuera a asistir nadie con gorra, como comprobé en el hall antes de que nos dirigieran a los espectadores al escenario. El espectáculo era en caja escénica lo que significa que los actores, que resultarían ser bailarines, iban a estar a un palmo de mis narices, a las cuales llegarían sin problemas los olores del sudor de los mismos, y que coloqué en primera fila sin repentinamente preocuparme en absoluto de ese mechón de pelo rebelde que me hacía parecer recién salido de una pelea de gallos. Según me senté allí, y esto al igual que el resto de esto que estoy contando no es ficción (P.D: en la medida en que lo vivido no es ficción, no lo escrito, me explico, aunque lo escrito tampoco es ficción nunca, no sé, mejor lo dejo), oigo que el tío a mi lado dice: "Mira Leo."
Me giro hacia la voz y me vuelvo a girar hacia donde mira la persona de esa voz y veo que mira a un tío que acaba de entrar en el recinto y que lleva... ¡BOINA!
Si me dicen que aquello en realidad pretendía ser una representación vigororsa de una mezcla de capoeira y gimnasia artística realizada con atuendo cutre por unos muchachos como de pantalla plana (ya saben, esas teles en las que la gente sale más corta y más ancha que en realidad), me lo creo. No me creo la intelectualización a la que se somete al hip hop en este espectáculo, como rezaba un flyer que volaba por ahí y atrapé al vuelo. En la primera parte del show no hubo ni música. Tsé, tsé, tsé, si ni siquiera llevaban gorra... y ni dios se desnudó en un espectáculo sin chicas (¿sexismo en el hip hop? ¡Ojo!). A punto estuve de saltar a escena y marcarme una tortuga, como hacía a mitad de los ochenta cuando escuchábamos a Afrika Bambaataa y a la Rock Steady Crew. Imagínense lo poco que me gustó, con lo correcto que soy, que no aplaudí (creo que ha sido la primera vez que no aplaudo a alguien en escena), y además no lo hice, aplaudir, digo, mirándoles a los bailarines a los ojos que ya dije, estaban al alcance de un puñetazo. Para más inri fui el primero en salir y para ello pasé entre todos los artistas que aguardaban en el pasillo por donde los espectadores habíamos entrado, para ellos volver a salir a recibir el aplauso de una audiencia entregada. Salí con la cabeza agachada para no fulminarlos con mi mirada. Un par de ellos tuvieron que apartarse de mi camino por su propio bien.
Salí del recinto, me metí en mi coche 4x2, arranqué y sonaron los Beastie Boys. En concreto, esto.
Ya por la noche, y ya con gorra, vi a Nacho Vegas en un bar durante los mismos momentos en que comenzaba a oírse allí Bring the noise de Public Enemy con Anthrax, pero aquí no hay historia.

Pieza nueva de Mario Bellatin (trad. de Solange-Marie Lamêrge)

CACAO. CUANDO ATISBA LA MIASMA

Tomó aire, su opérculo vibraba.
La gelatina protectora en pleno resquebrajo daba miedo verla. De la madera en tratos sobre la que se
sustentaba en ese mismo momento no cabría posibilidad alguna de esperar nada bueno una vez surtido el
efecto diríase deseado por no se sabe qué instancias. Temblaba la roca por el húmedo material orgánico,
ensartado           con una fuerza descomunal en sus            pretéritas entrañas. Cedería. Sin duda. Clamaba el
abono de una tierra sin penuria verdadera hasta entonces. Una repetición más que circular abierta sucedía.
Se desconocía desde las eras       de Ek Thien Bos semejante reflejo de dolor. Vino el agua. Hebras de la
misma enredaban y enredaban la espaciosidad con el momento intuido. Hubo frío y hubo calor. 
Lo dulce se acabó.                                             Oídlo, se acabó.

Mario Bellatin, L'herbe et les plantes et les arbres, Éditions Gallimard, Paris, 2010

Renuevos tiempos

El tiempo que me tira de la manga.
Luis Miguel Rabanal.

Vuelta al azul, tirando a gris, asturiano y al verde de la Guardia Civil que le dio el alto antes de entrar en Gijón. Gijón.
Con la perilla de Coque Malla en la cara y un nuevo corte de pelo lo único destacable que logró en su primer día, y quizá en muchos años, fue rozarle la oreja con disimulo a un niño cuando lo sobrepasaba en una céntrica calle.
Sonrió al suelo ese niño con los ojos cerrados buscando dentro de sí a quien le acarició. Cómo se maravilló él de que aparentemente no todo esté ya perdido. Luego Santiago Carrillo en la tele.
Quince folios curriculares ha entregado hoy. Sigue siendo un gran escritor.
Hace un rato que hay una pareja sentada enfrente de donde escribe. Jóvenes, 22, veinticuatro años, medianamente guapos. Toda la vida por delante. Todavía no se han dirigido la palabra.
Gijón es una ciudad hermosa. Probablemente sea una de las ciudades españolas donde más aseos públicos por habitante haya, y donde más gente mea en la calle. En Cimavilla (Gijón) se mea mucho en la calle. Él vive, y mea, en Cimavilla.
David González vive en Cimavilla y ha pedido en su blog que se dé cancha a La manera de recogerse el pelo. Generación blogger, y como buen vecino que es cumple con esto.
Ha pasado una niña ante esta mesa y uno de los dos ha intentado sonreír al otro.
Me he perdido cuál de ambos ha sido.
Hoy también habrá fútbol. Se siente de tal manera que permitiría que le llamaran Leandro Meandro
Igual que la parejita de enfrente, que sigue sin hablarse (a ella le tiemblan los ojos, a él él no lo ve), hoy creo que la vida es un poco triste. Pero está en Gijón.
Los dos se han ido.
Sigo en,
sigue (en),
Gijón.
En Gijón, casi con seguridad,
las llamas
.
Luis Miguel Rabanal & Leo del Mar

All I wanted was a Pepsi

¿Y quién es ese hombre joven en un traje gris, de cabellos grises que lee lo gris que está el mundo en Le Monde Diplomatique en la sala de espera gris, y sucia, de un aeropuerto gris un miércoles gris cualquiera y que de vez en cuando levanta la mirada de su lectura de un artículo de Ignacio Ramonet del cual entresaca, entre otras conclusiones, acojonantes semejanzas entre un telepredicador extremista, valga la redundancia, llamado Pat Robertson y un baloncestista americano cuyo nombre no será dicho y que escribe, o escribiera, para El País (y de paso demuestra que un baloncestista puede ser igual de gilipollas que un futbolista, o incluso más) y ve pasar sobre sillas de ruedas de un gris metálico a viejos decrépitos, guiados por ancianos o ancianas no menos grises que aquellos a quienes empujan, de camino a un gris y seguramente maloliente autobús que los llevará a pasar una temporada de grises, que no dorados como les quieren vender, días en la Costa Blanca (¿dónde estás?) mientras espera que te espera para hacer de chófer de una dama de las de media alta en la nueva sala de espera de ese aeropuerto muy cercano a un pueblo gris aunque soleado en el que vivió durante año y medio?
Pues soy yo, ¿quién iba a ser?

Actividades culturales con Leo

Hoy:

Conferencia de Edgar Borges sobre Edgar A. Poe (crónica)

Al despertar sentí apetencia de un café, cosa rara en mí. Como no hay café en casa salí a la calle a tomarme uno. Volví al momento porque no hacía tiempo para andar en calzoncillos por la calle.
Me vestí pues al estilo, que me caracteriza estéticamente, cool, término de denominación que si no fuera un anacronismo para mí, ya que llevo empleando este palabra más de veinte años, usaría mucho más a menudo. Y otra vez a la lluvia en la oscuridad de la urbe.
En mi cafetería gay preferida donde el periódico que leí, tras rellenar el autodefinido del mismo, que completé, salvo por una lastimera palabra esquinada que buscaba un sinónimo de 'regule' y a mí me quedó en R E _ LE (no andaba muy fino, recién despertado a las siete de la tarde de un martes no festivo no follado es normal, ¡perdónenme!), informaban acerca de una conferencia sobre Edgar que iba a dar Edgar a dos pasos de donde me encontraba, y que me pareció atrayente ya sólo por su título: 'Nunca más señor Poe. El fin de los malditos'. Y a salto de mata hay que ir.
El problema se presentó de repente porque no restaba tiempo, ya eran casi las siete y media que era cuando comenzaba aquello, ni para pagar el café con leche descafeinado (es que el café café no me gusta mucho mucho) de sobre con la leche desnatada templada y sacarina que había consumido.
Levanteme, chisté al camarero, le guiñé un ojo y ya girándome hacia la puerta me bajé los pantalones un poco más allá de la hucha, sin vergüenza, porque la depilación masculina está ya gracias a Dios de capa caída, e hice girar mi muñeca izquierda, señalándolo, al camarero, con el índice extendido, en contra del sentido de las agujas del reloj, si se viera de frente, óptica desde la cual él miraba (mi culo o el dedo, no lo sé).
Salí corriendo hacia el Antiguo Instituto no sin desaprovechar la ocasión de realizar mi buena acción del día (Zipi y Zape son una gran influencia literaria o no para mí) ayudando a mi colega Ben Alí a putear un poco a la SGAE adquiriendo una copia más de la Iberia de Albéniz interpretada, a medio acabar por el repentino fallecimiento de Francisco Guerrero, por la Orquesta Sinfónica de Galicia (han de saber que en Gijón hay mucha competencia en el gremio de Ben, y la especialización resulta perentoria). Tuve tiempo a su vez de mostrarme contestatario quemando una papelera en mi camino al Antinsti (por Antiguo Instituto).
Yo soy así, completo, es que lo tengo todo, soy un buen partido, joder. Por qué no me hacéis caso (+), mujeres de mal vivir, que sois todas, ay, con ser tenéis bastante, ya, y por eso nueve de cada diez de los asistentes, unos treinta en la sala de conferencias, eran, ya voy entendiendo mejor, mujer. Y de cincuenta tacos para arriba, todas, la plena representación sociológica del espectro de lectores de este país que se llama, hmmm, no sé, ¿cómo se llama tu país, Manuel? Si es que me hacen perder los estribos hasta de mis propios textos. Joder ya, hombre.
Me senté en la tercera fila sin nadie delante, y creo que ya supondrán que las de atrás no venían conmigo (paráfrasis homenaje a Vicente Muñoz Álvarez, que parece que tenga que explicarlo todo).
Escuché.
Conferencia del escritor (síntesis):

1.Forma:
técnica bivocal autorreferencial interpretativa,
amenidad y viveza en la narración expositiva de la ponencia
                                        
                                                  Valoración: notable alto. No puntúo mejor por envidia


                                                  
2. Contenido:
Partiendo del simbolismo de 'El cuervo' Edgar Borges dialoga
con un álter ego homónimo idealista con aspiraciones de escritor
con el fin de denunciar la fagocitación del arte por la industria
(en una lectura más personal y arriesgada yo osaría afirmar que
arte e industria, valga mercado, siempre formarán oxímoron,
en cualquier presupuesto)                                               

         Valoración: ídem anterior


                                              
3. Repercusiones (esto aquí es un ejemplo de false friend ):
tres, dos de ellas insustanciales (preguntaban, dos señoras,
por ejemplo, por la  bipolaridad del bicentenario autor),
la última no, que para algo el turno fue mío que me sirvió para
interrogar a Borges sobre si internet no podría servir como
plataforma desde la cual la intelectualidad apuntara al estupidismo
                                                      
                                                                    Valoración: insuficiente [sin culpa por parte del ponente, cuyas
                                                                    respuestas correspondieron ampliamente, salvo quizá en el
                                                                    último caso, ja y ja (léanlo como si fuera en alemán y verán qué
                                                                    diferencia), a lo cuestionado]


Ya finalizado el turno de preguntas se dio por concluida la conferencia con una amplia ovación, la segunda, y yo me disponía a interpelar al segundo Borges que conozco para entregarle una tarjeta de miembro honorario de ESPIRADOR ECLÉCTICO cuando una señora, la que había preguntado, en segundo lugar, a Borges por la bipolaridad de Poe, qué casualidad, me pregunta a mí, ya leerán ahora mismito cómo quien está obcecado en lo superficial está obcecado en lo superficial, si escribo. Si Leo del Mar escribe, preguntó.
Miren, les juro que soy bastante buena persona pero..., bueno, sigo. No contesto, contesto no quiero decir con esto, mierda, me he liado. Que no escribo, coño, le dije, coño.
Es que me había parecido por tu pregunta, y tal, ella dice, yo sí escribo, ella dice, he publicado en internet en XXX y la revista XXX me ha publicado una versión del relato 'El faro' que no terminó Poe, ella dice, y en fasbu y mispás (transcribo literalmente lo oído, ojo) también escribo, siguió, y ahora voy a mandar una novela a concurso y y y ... acabó queriendo invitarme a un café.
Verán, Leo del Mar ni escribe ni concursa pero su no seudónimo sí, fracasando seguramente tanto en el próximo Premio Asturias Joven de Poesía como en el de Narrativa, en los de este año 2009, sí (metiendo presión nene, di que sí. Fdo: Reo del Mal. Lo llamo presión en negativo, Reo. Ah, me lo apunto. Mejor no. Vale.).
A ver, a ver, que aquí está pasando algo raro.
Me parece que está hablando El Mismísimo.
Deus ex machina.
El demiurgo en persona.
Yo, leo, creo, (sí, sí, sí, atención a todos, es él, la minúscula) y escribo para la posteridad, como Bandini, y la mía comienza en 2038, que es cuando caduca esta licencia de Blogger.
-Oh, no, otro engaño. Ya sabía yo que tú no escribes como él.
-Es que ya han soltado a Jorge de Villabona, ¿o qué? Lo parece, macho. Aquí, saboteando. (Disimulo)
A lo que iba.
La señora, tras soportar mi negativa con carcajada en ristre incluida, creyó (bien) que me estaba riendo en su cara y no se le ocurrió a la muy bruja otra cosa que despedirme con un "Je te maudis".
Pero es que esta tía era muy fea (y mayor), lo juro.
Y además no tomo café.



Nota de los autores:
Este texto va dedicado a un tal Juan, que tuvo la desfachatez de confesar hoy vía e-mail que no había leído ningún texto publicado por Leo del Mar, aparte de una traducción e e-mails (lo de la cacofonía paso, en serio, paso de explicarlo).

Gijojón

¿Y lo que mola Gijón, qué? No sabéis lo que mola.
Lo suyo es quedar con un poeta, unas cañas y a comer.
Te comes lo que te pongan, que es mucho, y mayormente: bien, y barato, dada la circunstancia comparativa con lo que te suelen cobrar por un poemario; y bebes un vino, dos, tres, etc., Oportuno, en ese caso, con mucha gaseosa (La Casera, la mejor). Dejas que el poeta hable de un clásico contemporáneo como... Rogeliobuno, por ejemplo, y cuando te percatas, ya estás en un bar recién abierto para la sesión vespertino-nocturna pidiendo el tercer chupito de hierbas.
Y aparece la chica, por no llamarla señora solterona, histérica (y los de antaño saben lo que eso significa), con buen cuerpo a pesar de los 45 años que le marcan las patas de gallo y que ha venido a decirte que, tras pedirse un café solo sin aditivos, tiene los derechos sobre Moonwalker.
Yo no miento.
Que tiene los derechos sobre el baile de Michael Jackson, no la película ni la canción, nada de esas mierdas, que ese ente le dedicó la canción Remember the time y que el año pasado cuando Michael aka Moonwalker estuvo en Gijón como todo el mundo supio (me permito el localismo) le ofreció irse con él al país de Nunca Jamás, y no a hacer de esfinge precisamente, puesto que muchas cosas que él aprendió en su etapa más lésbica se lo había enseñado ella hace 17 años cuando MJ estuvo en GI John por primera vez.
Que si teníamos 600 euros sueltos para financiarle una expedición a la City financiera (London, punks) para hablar con abogados y tal.
La remitimos, el poeta y yo, a Luis Alberto de Cuenca y más tal, que suele apoyar causas perdidas con mucho ímpetu. También la SGAE entró dentro de las recomendaciones, y, aunque yo había pensado en darle el número de Miguel Bosé, que quedó encantado con mi polla (y culo) cuando la probó, no se lo di finalmente, Santas Pascuas.
Gijón mola. ¿Que no?

Una cosita que Leo del Mar no quiere que sepáis

Hola soy Jorge otra vez.
No, no es que me hayan dejado salir para escribir esto, aquí en la prisión de Villabona no me dejan Internet, es que lo dejé programado el otro día viendo venir que el tal Leo del Mar, ese que va de enrollado, que va de que se preocupa por los asuntos de los demás y toda esa pesca, iba a dedicarse a lo suyo. Bueno, a lo que él cree que es lo suyo: escribir. (¿Ha sido así o me equivoco?)
Permitidme que me ría, ja. Y ja. Lo suyo y lo del escribir digo, pues eso, ja.
Y para que veáis que no me río en vano os voy a dejar un regalito que el mismo Leo de la Mar intentaba ocultaros a todos vosotros. Así con vuestros propios ojos veréis lo que este hombre suele considerar digno de publicarse viniendo de sus teclas, aunque sea para ser publicado en una revista virtual como Agitadoras. Gracias a Dios en esa revista todavía mantienen cierto criterio a la hora de publicar a desconocidos que si no se nos iba a llenar el mundo entero de gente que se cree escritora por tener un blog. Más o menos de eso debe hablar el texto aunque no se entiende muy bien porque mete a perros, gaviotas y no sé qué más historias chungas.
Demos todos las gracias a los encargados de esa revista por no publicar el siguiente texto y de paso pidamos un poco de mesura a todas las demás.
Bueno, pues desde Villabona os envío un fuerte abrazo a todos vosotros que realmente, y no de cara a la galería como Leo, aún os afectan estos casos de injustica como el mío o el de Tommouhi y Mounib.
Pasen y rían. Ahí va Leo, el del Mal:

Lo poderoso del ladrido remite a un pastor alemán, como poco. ¿A quién ladrará en mitad de la noche? No será a las gaviotas, aunque no le dejen descansar con sus graznidos discordantes, sus usos sociales. Puede que rememore a sus antepasados lobunos al ver la luna tan crecida, mucho más blanca que amarilla. O a su sombra, los perros no es que sean muy listos, no tanto como las gaviotas al menos, como he leído en un blog, en un blog, en un blog. Ahora el ladrido se asemeja más a un perro de agua, epsañol y/o en combinación español, pequeño, casi tan pequeño como un blog y las gaviotas son cóndores usurpando los chillidos de gaviotas, estoy seguro, tan seguro como que esto es un blog, no literatura. Claro, el perro de agua turbia español le debe estar ladrando al gato que le vacila y maúlla en la cara desde el alféizar del piso bajo de enfrente. Es un gato negro, tan negro como la noche, como la noche del blog de un tal negro llamado Leo del Mar, no Manuel Vilas ni Vidal Sassoon, y tan oscuro como el resto de la noche cuando los cóndores eclipsan la luna, y el perro, espsañol o algo así, de agua turbia, reducido a caniche, que equivaldría a un pastiche, a un blog, de tanto miedo que le tiene a la noche, y a los negros y gatos, deja de ladrar. ¡Qué asco de perros! Bueno coma ya calló. A ver si me deja escribirle a mi blog, blog, blog. Los cóndores al fin han dejado de ser gaviotas y las gaviotas han dejado de ser ruido, y el gato ha ido a cumplir con sus obligaciones zoofílico-geriátricas. Blog, blog, blog, yo sigo amándote en la oscuridad y ahora en silencio. Tú y yo, nada más. Mejor enciendo la tele, ya sabes, mi ablog que a los de la tele les gusta verme y hablarme. Otra vez llegué al sitio, ya sabes, el que me ofrece morir. Menos mal que esto no es literatura, sólo un blog y aquí no es más que majadería decir que la tele, internet, la pantalla posmodernizada al fin y al cabo, te habla. Te habla, es decir, me habla. John Cobra me habla, y Paco el enemigo de John Cobra y Batu. Y Batu también me habla, último mensaje dice. Esto es el acabose blog mío, ¡qué miedo! ¿Y por qué no ladra el perro, blog? Era mejor hace un rato cuando ladraba. No tendría que hablar de literatura, blog. ¿Alguna vez te he hablado de literatura ablog mío? Son esos escrotos de otros, generalmente poemas, que cuelgo en mi blog. La poesía también es literatura blog, no seas blogo, que te veo postear. Un cigarrillo de alguna marca americana, KKKera o no, Phillip Morris o Lucky Strike o Marlboró, es literatura a su vez, forma parte de ella, pequeño blog mío. Sí, sí, así es. Y el cielo y las estrellas. Y el simbolismo, la crítica acompasada, Berlusconi, las firmas en los suplementos dominicales, Asturias patria querida, el horror de tener que hacer esto para salvar mi pellejo. Todo, todo es literatura. Todo salvo tú, querido blog.
¿Por qué? No lo sé, pero de todos modos, gracias por estar ahí. Ya estoy mejor.

Ich möchte ein Doppelgänger sein (im kalten Polar)

Nada más verlo salir por LLegadas Internacionales me llamó la atención. Los pasos firmes y pausados denotaban seguridad en si mismo, del tipo de ir sobrado, en plan cosmopolita viajado con su traje negro correspondiente encargado de ensalzar su, todo hay que decirlo, excepcional porte.
Posé mis ojos en él y le atraje, creí, a mi lado de la barandilla. Pero pasó a mi lado; su mirada fue lo que me traspasó, lo cual no soporto en absoluto, pues es bien sabido que a nadie, y menos a alguien como a mí, le gusta que no reparen en él cuando es lo deseado. No iba a dejar de intrigarme por ello y le seguí con la mirada hacia el bar 24/7 adonde se dirigía decidido. Sobre su hombro descansaba el maletín del presupuesto portátil y con la mano del mismo lado arrastraba una pequeña maleta de piel negra. Doblado sobre su antebrazo, el del otro lado, el izquierdo, portaba su abrigo, cuyos pliegues rebotaban sobre sí mismos a cada paso del andar, y pude distinguir, cada dos batidas de tacón, como un libro asomaba de entre ahí, de un bolsillo.
Conocida por mis conocidos es mi afición a la literatura y, aunque un poco inexplicablemente, sigo considerando a cierto tipo de personas como no objetos finales de la misma. Este hombre había sido catalogado por mí como tal, como diré, injustificadamente. La curiosidad y la previsible, ya sólo faltaban por aterrizar un par de vuelos esa noche, falta de material humano mejor hicieron interesarme por el tipo de libro, o el tipo del libro si dijera mejor, que pudiera llevar tal semejante consigo, y me dirigí como despistado al bar.
Su abrigo descansaba sobre el taburete más próximo a mi escogida mesa mientras él se proveía en el expositor. Había descubierto al autor del libro, no quise meter mano y levantar sospechas del resto de escasos y cansados parroquianos para quedarme también con el título del libro, cuando regresó provisto de un Balisto verde, el de sabor muesli, y una Mirinda.
Mientras me hacía el interesado en las llegadas pendientes, trataba de recordar algún título que hubiera leído del afamado escritor, pero sólo había sido uno en realidad, y su título se le escapaba a mi memoria en esos momentos.
No se sorprendió para nada cuando entablé conversación con él en su propio idioma, sólo podía ser uno, interpreté a causa del autor, equivocadamente, lo sé, pero certeramente esta vez.
Me dijo que siempre que volvía a Alemania trataba de evocar sus tiempos de infancia -sí, casi a primeras, me hizo esta confesión-, y lo lograba, según él, en especial con la naranjada mencionada. Trabajaba para un hotel de una gran cadena y viajaba bastante. Los próximos cuatro días iba a ir de ciudad en ciudad vendiendo su producto en plan Blitz, y por lo que parecía disfrutaba con estos viajes, llenos de hoteles de lujo y gentes políglotas.
La conversación decayó al rato y ya se iba cuando me pidió que vigilara un momento su abrigo para ir al aseo. El portátil, la maleta y su agenda electrónica las llevó consigo.
No robé el libro, ni mucho menos.
Fui tras él una vez desapareció de mi vista. Entré en el aseo y con un par de puñetazos y una patada noqueé de un modo muy efectivo y aceptablemente silencioso a un vagabundo que bebía en apariencia de forma necesitada agua en la zona de lavabos. Atranqué la puerta de entrada hacia allíá con su mismo cuerpo, por si acaso.
La expresión de la cara del ejecutivo cuando me vio entrar por la siguiente puerta mientras solitariamente aún se sacudía su pene tampoco aquí fue de gran extrañeza. Él conocía bien todos sus atractivos y así lo constaté cuando se giró totalmente y me mostró su miembro goteante y algo hinchado entre las manos.
Su pene respondió al instante a mi primer palpo a la vez que hundía mi lengua en su boca. Sus nalgas endurecidas respondían a la cadera que iniciaba su bamboleo en deseo de penetrar un orificio receptivo. Comencé la genuflexión para descender hacia su sexo dejándole lamer los apéndices de mi otra mano cuando corté este arrebato homosexual incorporándome de repente para sofocar el grito de dolor que le proporcionaba una mano con la otra. Enseguida, tras el volteo, el repetitivo golpear de su cabeza contra el gres del suelo lo desmayó, o algo más, porque yo no he vuelto a saber nada de él, y casi mejor, pues esta vida que llevo desde hace días, como él bien decía, no está nada mal, y podría llegar a gustarme. Se me da tan bien su vida que en cuatro días he conseguido llenar el hotel para los próximos meses de enero y febrero.
El autor del libro por cierto era Vila-Matas y el título 'Una extraña forma de vida'.

Una extraña forma de vida

Él era un tipo. Nada más que un tipo. No un tipo de letra, claro, sino un tipo de lo más normal.
Un tipo de cosa quizá, un un, una forma de vida, algo indefinido como una posibilidad perdida.
Un tipo de ritmo sincopado, a veces, como el corazón a veces, como el 4x4 de un DJ que se llama Griffi, a veces.
Un tipo especial a pesar de no haberse terminado esa cerveza.
Un tipo típico de esos lares de los tipos de letras que pasan inadvertidos; tampoco él sabe replicarle a los tipos como él.
Tipo vino y dijo:
"Eres del tipo que no me gusta nada. No me vuelvas la espalda por tu propio bien y vigila a la tipa que tienes al lado que no deja de relamerse cuando me mira."
En adición a lo de arriba soy un tipo poco dado a casi nada que no sea hablar de mí.

Crónica de La Noche Blanca asturiana

Si los museos están vacíos de día cómo van a llenarse de noche preguntaba, más que a mí, a sí mismo el señor que me sirve el café los sábados a mediodía. Deseché el suplemento Babelia que no aportaba nada a mi país por esta duda expresada en mi presencia del señor cafetero y repasé los diferentes eventos en la agenda cultural de un periódico local referentes a La Noche Blanca que se celebraba esa misma noche en las tres ciudades capitales de Asturias.
DJ Pimp cae fijo, pensé, aunque pinche en esa icónica demostración histórica de que cualquier tiempo pasado no fue mejor como es la Ciudadela de Capua. Seguro que sorprenderá a más de uno cuando utilice los platos como congas o cuando en cuestión de pocos minutos haga aparecer auditivamente de manera indiscriminada en apariencia a Frank Sinatra, RATM o Ini Kamoze y en un salto mortal del relato, y disculpen las redundancias, me salto la parte en la que como, leo, salgo en bici, caigo y me hago daño en las manos y otras; la de DJ Pimp ya han visto que no. Sí que obvío también la parte de la noche en la que saludo a Miguel Barrero ya de vuelta en Gijón, y que no narraré aquí por cuestiones de coherencia ficcional pues pasé la noche, y algo más, como podrán comprobar, en Avilés.
Aplaudo. Todos aplauden. Pero yo aplaudo mucho más fuerte.
A cada palmada el dolor que siento es punzante, paralizador por un instante pero debo dejar constancia constante de mi satisfacción por encima de consideraciones epicúreas como este dolor, o esta sangre, y vuelvo a juntar las manos con mayor fuerza cada vez sobre la disimulada por tiritas levantada piel de mis manos. Tras Moces a bailar lo hago y tras Con tomillo y romero lo hago y tras todas y cada una de las canciones que Lucas 15 interpreta a partir de las dos de la madrugada en el buen marco que proporciona el auditorio de la Casa Municipal de Cultura de Avilés dentro de su correspondiente programación de La Noche Blanca que yo veo desde la poco ocupada primera fila de ese recinto lo hago.
Parece que el propio sacamantecas de Allariz revuelve en mis entrañas cuando escucho su canción que no puedo dejar de aplaudir cuando termina.
Aplaudo a rabiar de pie el final del concierto bisado. Aplaudo y aplaudo y las manos me duelen, y gozo, y la sangre tiñe de rojo mis manos, y soy feliz. Y aplaudo. Y aplaudo.
Y quiero compartir mi felicidad con los demás presentes para lo cual me giro todavía aplaudiendo en busca de, no sé, unos ojos de chica tristes por no poder estar conmigo o de chico furioso por no poder ser como yo o de otros simples seres humanos cuyas vidas saben que nunca podrán parecerse a la mía pero no veo a nadie, sólo a dos tipos que quieren que deje de aplaudir y llevárseme afuera. Que queda otro concierto me dicen, que con el espectáculo de mi vestimenta blanca portada ad hoc de La Noche Blanca salpicada de sangre, el escándalo de mis palmas, gritos (sí, también he estado gritando excelencias todo el rato o silbando como para ser envidiado por canarios) y saltos descontrolados no pueden proseguir, y los mando a la mierda y les pego, y sigo aplaudiendo, y gritando y les vuelvo a pegar y luego aparece una pareja de policias que me pegan con sus porras para reducirme y me llevan a la comisaría de Piqueros y aquí estoy.
En los calabozos de ahora por fortuna, al menos en los de Avilés, tienes derecho, que ejerzo, a enviar un e-mail y gracias a ese derecho, y a una aplicación de Google, soy capaz de publicar este post que me lleva a un pensamiento final relacionado pero un poco al margen de todo esto:
Me voy a acabar suicidando. Es casi seguro.
¿Blanca Romero dónde estás?

Noche de encuentros

Terminó la tarde tras dos películas peores imposibles y comenzó la noche con tres conciertos de tres tristes bandas asturianas de jovenzuelos; algún bajista sonaba como Hooky, que conste. La media de edad de músicos y asistentes es de unos catorce o quince años menor a la mía. Me importa un pepino. Me animo, aún así o a pesar de así, tras tres Mahou cinco estrellas. Es un decir lo de animarme. Quiero emborracharme, fiesta, equis, triple equis a poder ser (todo son piernas depiladas en faldas y hot pants azules con lazos rosados en esta noche, werthianamente también muchas camisetas amarillas en los hombres). Llamo a Pee Wee sin respuesta; el otro currando, mis grandes nuevas amistades lejos, muy lejos. Nadie más. Qué poca gente trato en Gijón. Ni eso que llamaba 'mi amor' está. Estará de fiesta y muy lejos de mi, de aquí, de todos.
Me acuerdo de David G., de los bares que suele frecuentar y voy. Con suerte, si lo encuentro, puedo decirle que tengo traducidos tres o cuatro poemas más de Loser al alemán y después nos iríamos de fiesta a pasarlo en grande porque sí, porque somos de Gijón, porque el es más poeta que yo, porque estamos vivos y es de noche o por lo que sea.
En el primero, el XIZ, no tengo suerte. David G. no está. Un pintor bohemio me tira los trastos para compensar. Echo tres euros a una máquina tragaperras. Juego al Trivial Pursuit. Logro el récord en la última partida. Aún puede ser mi noche y eso que tuve que cambiar a A.K. (August Kuentzmann) Damm, la cerveza que sacó la casa Damm por sus ciento veinticinco años.
Doscientos sesenta años cumpliría Göthe hoy viernes veintiocho de agosto dos mil nueve, porque le fueron propicios los astros, decía.
Werther por ahí andaría en el Wirrwarr que fue el Sturm und Drang dirigido contra el tedio vital que suponía la novela de por entonces en los reinos, principados y palatinados germanos y que me recuerda a la de la España de hoy en día.
Ayer leí las desventuras del joven Werther, lo siento, ya que yo, como Göthe, tras probar el corte, él probó la corte, ahora quiero probar el ejército y así sucesivamente. Ahora caerán.
Ayer también leí Reza lo que sepas de David G. (Eclipsados, 2006), al que ya busco en otro de sus habituales bares, el 4.70. Tampoco. Ni pido nada (siempre pensé que algo pega más). Trato de acordarme de más sitios por donde para David G. pero sólo me doy cuenta de lo solo que estoy, porque quiero en última instancia, o eso me inculco, pero solo al fin y al cabo, y triste, ya ven qué cosas.
Decido irme a casa a llorarle por el prepucio que no tengo a un blog argentino recién descubierto (pregúntenle a mis chicas por el motivo de esta nueva fijación) y subo la cuesta de la Colegiata que no me lleva a tu casa sino a la mía, donde lo más estúpido que ha ocurrido recientemente es esto, cuando diviso Escocia, el bar, al final de esta primera cuesta de Cimavilla.
Chanca será mi salvación como otras noches en que como en esta iba tocado, estará allí currando, de buen rollo con todo el mundo, sirviendo copas, sirviendo humanidad y lo que haga falta. Entro al bar y me doy cuenta de lo borracho que estoy cuando veo a un maromo con gafas y sin gracia y a un par de camareras sosainas tras la barra del último bar de copas donde me encontré con Chanca, que por si no quieren pinchar en el enlace se lo ahorro con esto: murió en abril, el mes más cruel, pasado, y no por propia voluntad, amigo Werther.
Un rosario me apetece ahora (no confundir con rosarino, amiga de la plata) y hacia esa calle de Cimata me encamino. No sé si el TNT, donde descubrí mediante voces como de ultratumba a Los Suaves hace más de tres lustros, seguirá abierto. Ni me molesto.
Me repite el grasiento Döner Kebap, al nivel de los de Berlín, que zampé entre concierto y concierto hace un par de horas mientras recorro Rosario (la calle de Cimadevilla no la ciudad de Argentina) y en una de estas semiarcadas recuerdo a mi primo. Que digo primo, hermano, que trabaja en el Habana (otro bar, claro) y me apetece verlo. Una cara conocida, apreciada, de un ser que adoro y al que conozco desde que nació. Al que cambié pañales y convertí en zurdo de pierna a la fuerza. A ese quiero ver ahora para que me ayude, para que me diga que la mierda la llevamos todos dentro pero que hay papel, joder. ¡Coño ya, Werther!
No me percato de más y más piernas depiladas mientras cruzo la Plaza de la Corrada (pinchen y recuerden a Blanca Romero en esta plaza) hacia Olavarría y en un rodeo, para bajar la cuesta del Cholo del tirón, como si yo mismo fuera la lava incandescente de amor fraternal que baja del volcán hacia los aposentos de los hombres, comienzo a descender, tras doblar la esquina de El Planeta (un restaurante, para variar), el afamado sitio de recreo vespertino de tantos gijoneses en épocas no lluviosas. Al tercer paso he pisado, y roto, un vaso vacío y desamparado, al quinto casi caigo al resbalar sobre restos de sidra. Tres pasos más abajo, la entrada al Habana ya se ve desde arriba de la cuesta, observo como mi primo, mi hermano, con el dedo índice levantado recrimina, vete a saber qué, a un paisanón visiblemente borracho y de exagerados aspavientos. Intento arrancar, no fuera a ser que la cosa vaya a mayores, pero caigo, culpa a medias de mi embriaguez y de la del suelo. Según me levanto, nadie percibió mi ridículo, pues la gente, abundante, presta atención a las crecientes voces que se dan más abajo al pie de la cuesta, a la entrada del bar, e intento reemprender la marcha, veo como otro forzudo individuo, vestido al igual que mi familiar de negro riguroso y sin lugar a dudas compañero de mi primo, o hermano, sale por algún lado y encaja un directo digno de Kid Guadalupe en toda la cara del paisanón que se desploma del golpe mas no de golpe. Cae hacia atrás y los lados, ya digo, despacito y queda tendido sobre la carretera tras golpearse la cabeza con un coche que en esos momentos pasaba por ahí.
Doy media vuelta, apresuro el camino a casa, abro una bolsita blanca y escribo esto.
Ahora, creo que llueve. Aquí siempre es invierno (escuchar abajo) y hace viento (más abajo).




Noticia: 'ETA armó a la tribu Murle que causó 185 muertos en Sudán'

Fuente:
EEC International.
Sección: Otros mundos

Editorial (*extracto aleatorio)

2009/08/04
Por si alguien dudaba y los dos atentados de finales de julio perpetrados por la banda terrorista ETA en España no hubiera sido suficiente muestra de poderío operativo, según ha podido confirmar este periódico ETA viene proveyendo de armas a diferentes grupos paramilitares como es el caso de los rebeldes pertenecientes a la etnia Murle, también referida como Beir, que en el fin de semana sucesivo a los atentados de ETA en las casas cuartel de la Guardia Civil de Burgos y Palma de Mallorca saltó a primera plana internacional por ocasionar una sangría de integrantes, entre ellos cien niños y mujeres, de la tribu Nuer, al sur de Sudán, en el poblado de Akobo perteneciente al estado de Junqali [...] .
El país más extenso del continente africano viene siendo caldo de cultivo para enfrentamientos armados tribales en los últimos años, como en el llamado conflicto de Darfur, región triestatal al oriente del país, a pesar de que oficialmente la segunda guerra civil finalizó con los acuerdos de paz en enero de 2005 [...].
Sudán no ha dejado de ser objeto constante de atención de cabecera de diarios y de esfuerzos diplomáticos a lo largo y ancho del globo, mas es ahora, con la información fidedigna que este periódico ofrece en páginas interiores, cuando, por qué no encabezado por España, bajo el paraguas de ese propósito que aún es la Alianza de Civilizaciones, se dan las circunstancias adecuadas para galvanizar los esfuerzos en esos sufridos países del mundo, y de paso desactivar las conexiones globales del terrorismo local. No olvidemos que a ETA se la relacionó ya con los atentados a las embajadas norteamericanas de 1998 en Dar es Salaam y Nairobi, [...] y que según la FAO, en 2009, en el mundo 1.020.000.000 de personas pasan hambre a diario.