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Blanca en la playa (3 a. m. Eternal, remezclada por DJ Leo)

*Hoy, dos reapariciones de Blanca, más que reposiciones, hechas desaparecer por cuestiones de anonimato, y es que ya me cansé de estar al pairo a estas alturas, y que no sé muy bien si a David Murders le dio tiempo leer antes de los raptos de ella por mi autocensura. Por si acaso, aquí una y antes otra.
Y para todos ustedes también, que sé que cada vez son más y más y más y más los que vienen a espirar aquí (mira que hay unas cuantas conjunciones copulativas en esto, pero no se me antojan suficientes, mira tú por donde)




Era una tarde cualquiera de agosto. Calurosa sólo hasta donde se lo permite Norteña. La playa de San Lorenzo a rebosar, con marea baja, imagínense. K. y L. me acompañaban (yo hoy seré la F. sólo para completar, que es lo que le falta a esta de hoy tres de la madrugada eterna, que a las alturas en que sucedieron los hechos que estoy relatando había dejado de sonar hacía cosa de tres años) en el voltio vespertino repasador a la carne que se abrasaba alegremente embadurnada en sus otros aceites que los salvaguardaba de morir atrapados en la maquinaria dominante durante como mucho dos meses, en el mejor de los casos. El caso nuestro por entonces. Bueno, no tanto, y la canción comienza ya si quieren.


K. en concreto lleva 18 años sin trabajar. Se ríe de todos nosotros de un modo que ni se pueden imaginar. Él sabrá.
L. tampoco curra desde hace unos años, sólo que lo suyo es forzado por un accidente laboral que nunca le ha impedido seguir colocándose o practicar el folleteo luminario. No puede decir que le vaya mal del todo aunque a algunos el que nos faltara una mano nos dificultaría quizá en exceso, sin ir más lejos, el escribir a estas horas, este texto.
F. (bueno yo, otra vez a partir de ahora) por entonces era un tipo virginal en muchos sentidos, en casi todos en realidad, salvo en el del dolor que produce en uno el taladrar de lo vacío en el espíritu, es decir, el no taladrar ningún otro espíritu vacío es lo que le jodía a ese adolescente que una vez seguí siendo.
3 jóvenes pues, sin nada mejor que hacer, caminábamos por la playa de San Lorenzo.
Al llegar a la altura de la escalera ocho nos detuvimos a observar más detenidamente a un par de chicas en tetas.
Mi asombro al percatarme de que era ella, Blanca, una de las dos hermosas que retozaban, reían y se hacían carantoñas tiradas en la arena fue enorme, inmensurable en términos vocabularios.
En los últimos tres años no había coincidido con ella más que una noche en la cual al bajarnos del único coche del que disponíamos prácticamente en comuna para irnos de farra sin tener que subir y bajar desde la parte alta de la ciudad a patita aún a riesgo de la que nos caería de pararnos la policía, puesto que nadie de nosotros poseía carnet ni de coña, la vi de lejos bajarse de un cochazo a su aún tierna edad, en otra noche a las tres de la mañana.
Tampoco en esta tarde de la que les hablo me acercaría demasiado, pero ni falta que hizo.
Epatadísimo por sus nada sospechosos pechos naturales por entonces, ni siquiera era capaz de responder a ninguna de las burradas que mis dos amigos proferían en petit comité acerca de lo increíblemente buena que estaba la jovencísima gachí.
Ra jamás había visto a hembra semejante en todo su esplendor, aunque no fuera en la hierba, entregarse a sus poderosos haces de luz con la naturalidad divina con la que ella lo hacía.
Nada sobre esta Tierra podía comparársele; las cascadas de la viejísima reina Victoria se hubieran secado de tener que competir con sus rizos. El desierto de Gobi se habría visto inundado por los húmedos reflejos de su tersa piel. La completa noche polar hubiera implosionado por efecto de su irradiación estratosférica y por poner fin a esto antes de que me vuelva insoportable paro aquí.
Alabuliyé.
La paja que me hice al llegar a casa fue histórica, como se podrán imaginar.

El hecho personal más destacable del año 95 después de lo del Maine

Ella no debió entender una sola palabra de lo que le dije, ni yo recuerdo alguna de las ingeniosidades que seguramente le solté. Si al menos fuera capaz de evocar siquiera una vulgar sílaba suya dedicada a mis oídos. No, nada.
Sí, hembras y señores, hablo de la segunda conversación mantenida cara a cara, y hasta hoy última, con la mismísima Blanca.
Un domingo de invierno a la tarde del noventa y dos. ¡Qué gran año para Madrid y su capitalidad cultural europea!
Yo, borracho como un dieciseisañero hinchado de cerveza y pacharán, vamos, exactamente como a quien describo, osé hablarle tras gozar lo mío reinterpretando una coreografía aprendida en mis años aún más mozos en los arrabales del centro financiero europeo de la mano de Marco Ruppel (pueden preguntar al autor original por los pormenores de la danza escribiéndole a este mail, preferentemente en alemán) bajo la base del Infinity de Guru Josh que aquí sigue:



De Guru Josh por cierto, decir que unos años más tarde cruzando yo que estaba la avenida Mediterráneo de Benidorm a altas horas de la madrugada, él, y su mastodóntico acompañante, en un Porsche 911 Carrera (no se pronuncia PORCH) casi me atropellan. Les pedí explications, of course, pero a estos descendientes de otra estirpe también incomprensiblemente dominadora del mundo en su día, es mejor golpearlos antes de razonar con ellos, y se alejaron tras un par de voces sin más, no sin antes, no me van a creer mas mucho me da igual, subir el volumen del radiocasete o CD del cual todo el rato, ahí caí en la cuenta de quien era ya que sus pintas eran las mismas que acaban de ver, sonaba el audio del arriba visionado vídeo.
Al caso.
Había hecho las pertinentes adaptaciones necesarias a la coreografía con el fin de sincronizarla con el Kiss de Prince, que no me pregunten por qué, estaba sonando en la discoteca de la Guía de la cual era así, así, asiduo en las lluviosas tardes de domingo de esos, sin ser hijoputas del todo, jodidos inviernos de Norteña, y disfrutaba llamando la atención sobre la pista vacía a pesar de las risas de mis coleguitas, cuando la descubrí sonriéndome.
Sus amigas se descojonaban despatarrada y abiertamente de mí, al igual que el resto de los tardíos presentes, pero ella no, ahí estaba, de pie y sonriendo como sólo a otra persona lo he visto hacer (siendo el destinatario mi bajeza, me explico).
Una pena que mi retentiva sólo sea visual y musical pues les juro que no sé de qué hablamos Blanca y yo en aquel oscuro reservado.
La memoria no me da para nada más que esto y para admitir que esta película de Bud Spencer y Terence Hill que están dando por la 2 la he visto antes.

Carta abierta a Blanca Romero

Estimada Blanca:

Disculpa que me tome estas libertades pero ya no aguanto tu indiferencia hacia mi persona.
Es parte de tu fuerza y libertad, lo sé, y me subyuga aún más a tus encantos, mas ya va siendo hora de que me tomes en serio.
Como puedes comprobar por ti misma no tienes que lidiar con el morlaco de la calumnia en mis escritos, ni con ningún cotilleo astifino.
No, no me gustan esas partes, sólo emulo al gran Cervantes
que al escribir su Don Quijote creó la mayor de las artes.
Aquel fue el momento literario más memorable, también para ti, intuyo.
Al igual que esos guantes negros alzados por puños más negros marcaron tu rebeldía, la mía es más llana pero igual lucho contra la cobardía e injusticia, la personificada en mí, que nunca será abolida.
Toda mi obra a tí, que eres mi mayor pequeña elegía atemporal, no decaerá, aunque se siga vertiendo en una escudilla sin romero, me temo. Y más que el cantante de jazz se volviera no sonoro, no pararé de avisarte: "cuidado mujer, ¡corres entre lobos!"
Nunca releas esto tampoco, no vaya a ser que cuaje en ti el poso de mi yo literario.
Seguiré trabajando sin cesar aunque me toque la bonoloto, cuyo premio no sería más que derrochado en ayudar a quien lo necesita, como tú.
Nunca me excusaría por no querer ir a tu encuentro aunque me tentara invocar a alguna bruja, tal como algunos niños, o niñas llamadas Blanca, hacían.
Sé que te hubiera gustado ser escritora y viajar desmaquillada por el mundo, descansar en islas soleadas y al fin poder llorar un réquiem por un sueño, un día, antes de iniciar tu periplo por una blanca luna emanadora de jazmín en cuyas mareas de olas espumosas saborearías el sabor inventado de la menta.
Tu camino sin embargo ya es otro, mejor sin suda, y no incluye ver bodas de príncipes y paganas paisanas por la tele, ni moverte de tu tierrina caigan o no las torres más gemelas, y ya no esperas gran cosa de este mundo hasta que perpetúe la condena de todos los pedófilos y sean erradicadas las patadas de todos los racistas.
Te has vuelto muy grande con tu amor de madre y sólo descontrolas de manera esporádica, y curiosa, y siempre con Méjico de por medio.
Aún vacilas ante la desnudez si es física, pero en tus letras te abres de par en par y lo que se ofrece al presente es inabarcable humanamente, y así se siente, todo el sosiego de tu corazón razonado, y que sea así eternamente.
O no, es indiferente.
Pues aunque
ya ves que me esmero Blanca Romero
en aspirar tu fragancia cual farlopero
me es fácil cambiar el tono
y jurar que te lo haría como un mono.
Por tanto basta de ya de ignorarme y dame las gracias por publicitarte.

Efectos poemados de la falta de inspiración hasta que vino a mi mente una canción

"¿Es esto el dolor mamá?

Es esto cuando digo ah. (griten cuando reciten)


"No, esto es verde y font arial.


"Mamá, no te rías más,

estoy solo y no descanso.

No respiro ya fuerte,

me falta el hálito del ánimo

y la punzada parietal;

no, los dedos no me van.

"Prueba a
realinear.


"Por Cristo, gran madre,

olvida las rayas.

Hablo de otras cosas.


"Es lo mismo, hijo de tu padre,

cobarde donde los haya.

Me voy a tomar un (pídanlo sin coca, mis valientes)


"Abandóname, no temo,

tengo a mi musa, me temo.

Ahí va la perra,

todo un cante

que es un poemo:









¡Joé, otro que le tira a Blanca!

"Eh, José, ¿a dónde vas con esa pistola en tu mano? Eh, José, ¿he dicho que a dónde vas con esa pistola en tu mano."
"Voy a bajar a dispararle a mi vieja dama, sabes, porque la pillé jodiendo con otro hombre."
"Eh, José, yo soy tu mujer, ¿por qué eso de vieja dama? ¿A quién vas a disparar? ¿Quién ha jodido con otro hombre? ¿Y a dónde coño vas a bajar", inquirió la señora de José.
"Voy a bajar a Méjico para lo que te acabo de decir", respondió José, en nada afectado por las preguntas de su mujer. Volvió a alzar, para ojear de nuevo, la réplica de una Star SS de nueve milímetros Parabellum que sujetaba en su mano derecha, tal que tuviera tambor. Satisfecho intentó envainarse el arma tres veces. A la cuarta desistió de hacerlo entre su axila izquierda y se conformó con su cintura, entre la goma de los calzoncillos y su piel desnuda.
Antes de que la pistola cayera al suelo dejándolo con un testículo al aire, lanzó una mirada despectiva a su esposa y entonó un reproche como una maldición: "nunca me entenderás, ¿verdad?" Y salió por la puerta de su casa en calzoncillos, tras recoger el arma, marcando pistolón.
Bajó los cuatro pisos andando por la escalera chiflando una vieja canción de Jimmy Hendrix mientras su mujer negando con la cabeza recogía los pedazos de una revista del corazón en el salón. Los más pequeños pedazos de cuché que ésta tiró a la basura eran unos en los que se veía a Blanca Romero abrazada en la piscina de un hotel mejicano a un apuesto joven.

Apunte catódico

Con un poco de retraso, pero no se preocupen que el capítulo de esta noche al parecer era de los repetidos, les recomiendo encarecidamente seguir las evoluciones como actriz de Blanca Romero cada lunes en Antena 3 Televisión, encarnando a Irene, la profesora de Filosofía y Ética de la serie Física y Química.
Blanca y su buenísimo personaje: atractiva (faltaría más), culta (por supuesto), liberal (no referido a sus valores político-económicos, supongo, o sí), moderna (perdón por ello, pero cómo no), de comportamiento autodestructivo, vida promiscua y fiestera. Desea escribir sobre sus filósofos favoritos, ha nacido para enseñar y a mayor gloria de su bella y eterna juventud, le quitan cinco años.
Si sintonizara correctamente la televisión de este país haría un seguimiento minucioso de esta serie, se lo aseguro.
Háganlo por mí. Yo entretanto seguiré escribiendo sobre ella mientras mis escritos se lo permitan a sus abogados.

Blanca desde su castillo

*Foto publicada sin pedir permiso a nadie de la región de Murcia

Mujer. Todo un canto concienciado.

Último coincidir por ahora

Al verla doblar la esquina de una plaza, totalmente sumergidos todos en dorados, estupefactos los ojos no se creyeron a sí mismos cuando le sonrió. Perdón, me sonrió. Miré a mi lado, miré al de ella y no vi la oportunidad de aprovechar otra vez la única ocasión de mi vida. Su blanco ojo, la blanca piel palidecieron la argenta luna sobre el otro oro vidrioso de esa plaza, apoyado en dentelladas de unos dientes de marfil repulido de entre la cera raspada a las canas de Dios.
Rieron matadores como solo pueden reírse de uno los propios amigos de farra al relatar la cercanía de un golpecito de voz inaudible a oídos necios de un soñado destino.
Mi "me ha saludado" no decía nada de su sonrisa, pero bastó por sí solo para recibir unas palmaditas comprensivas por parte de ellos en mis hombros. Me intentaban retener en su lado, que siempre será el mío según parece, de perdedores eternos y a fe que lo consiguieron una vez más, pues petrificado a partes iguales por la chufla de mis colegas, la propia incredulidad atenuada y el rigor obligatorio de la farlopa consumida que ni la cerveza que fluía cual riada por mis venas hicieron posible esta vez el más mínimo acercamiento que acaso al menos sí realicé la primera vez que la sentí.
Y la vi descender la cuesta de la plaza de la Corrada tras cruzar ésta con sus ojos clavados en los míos y más dolientes que los clavos de Cristo. El último giro expectante de ese hermoso cuello que posee antes de abandonar por completo los dominios de mi visión coincidió con mi abatimiento desazonador total, cristalizado en el reflejo de mis lágrimas confundidas entre el moquillo brotante de mi nariz y el baldeo, que la perenne lluvia norteña había soltado sobre el adoquinado suelo de piedra arenosa del valle por lo menos de por donde Entralgo, de esa plaza durante toda esa noche, víspera de una fiesta de la Hispanidad.
Un incipiente 12 de octubre de madrugada en el cual otros descubrieron América, yo me confirmé como el menos sagaz de mis antepasados, lejos de sus alturas de miras y latitudes, tan cerca del abismo sin embargo que sin duda levantaría admiración entre los más creyentes de aquellos, que Dios sabe los hubo, ya que oteando los horizontes de El Dorado, reculé y volví la espalda a la, para tan pocos elegidos, tierra prometida, prefiriendo quedar a la deriva en el zozobrante mar de aguas residuales de una vida en la cual por más estiércol que le eche nunca se abona más que de deseos y anhelos mentirosos e improcedentes; tan llena de justificaciones ramificadas desde una tierna infancia indolente hasta el día de hoy de esta vida, y sólo para haberse consolidado la misma como astillas de esas ramitas infructuosas que brotaron desde el primer día en, peor aún, hacia, mis adentros. Y esto no puede más que ser llamado vida de mierda.
¿Sabes qué imagino, qué deseo, Blanca, cuando recuerdo esa noche?
Poder darle al rewind para verte descender otra vez esa cuesta y repetir ese momento una y otra vez.
Sin intervenir, por supuesto, igual que aquella noche.

Primer encuentro

Volabas un vestido verde
en una nebulosa tarde.
Julio el mes, Oasis un lugar.
Los catorce rondabas
con tu sonrisa solar.
Caracoles negros caían
engarzados uno al otro
como un poema gitano
que se dice cantar.


Fue la primera vez
en que sentí Norteña
obviar el ser gris,
aún en verano.
Mas no sólo para mí,
sí para todos los ellos,
trituradores de cañas;
ilusionaste fácil el amor:
que a mí al que más.


Acerqueme a balbucear
rígido para sin lengua bífida
ni una palabra rememorar.
Recuerdo sólo tu mirada.
No olvido el color de cada cosa
sólo el de los ojos, hasta el tuyo.
Será que muestran nada,
pero me vieron por dentro,
y juro que esos brillaron.


Pero ahí quedó, como casi todo,
en nada, en la nada de unos versos,
futuros como esos besos
que ni llegan ni se aparecen
donde tú caminas o golpeas.
Sin embargo allí me hallé
el comienzo descorazonado
de un anhelo inasible.
Desde entonces adoro el romero en mi sopa.