20. La última noche en el parque
Otra vez pillado in fraganti, otra vez con una falta de oxígeno bajo, no sobre, el cuero cabelludo.
Harto no define con precisión su hartazgo de tanta carnaza expuesta, mientras apura el menú de su asador preferido, y ojea, no lo puede evitar como buen leo que es, las revistas compradas en la mejor, él después de Blanca sólo aspira a lo mejor aunque descienda hacia los mortales, más bien las mortales, de cuando en cuando, librería de su ciudad a la cual ha decidido poner nombre más adelante. O no.
De ésta también se llevó, en una edición de bolsillo que iniciará su crossing probablemente en el próximo taxi que agarre Jonás, "El honor perdido de Katharina Bluhm" porque le parece que un libro siempre viste, aunque sea ligero o poco voluminoso, en un tipo como él.
Antes de ser reconocido por quinceañeras y amas de casa como un ligue de la más Blanca ex-yerna de la ex-Carmina, le hacía falta recitar desde los afectos a un argentinófobo Benedetti para que le prometieran amor eterno. Ahora ni siquiera necesita de la intensa penetración de su mirada palabrada en las psiques para conquistar y reconquistar a niñas, entradas en magra o no, preferentemente de ojos aguamarina pues negros sólo en aquella que se va de todos permite. Este adonjuanismo alcanzado a él no le parece de mérito valedero.
Necesita una identidad nueva que le permita ser él.
Trazos de un sí mismo que le faciliten reconocerse al instante. Perfiles lapizados si acaso, pero iniciantes al menos de una concreción a adivinar.
Debió ser artista, piensa, de los de verdad, así ahora no necesitaría recurrir a una para que le haga un retrato.
Zendo presenta:
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18. La última noche en el parque
A ver, la golpearía fuerte en su estima cuando se lo mereciera, la lanzaría al espacio exterior en ondas expansivas atronadoras si necesario, pero por contra también la encumbraría sin sarcasmo como canon de belleza ibérica superior o como no va más de la élite artística española, cosa por otro lado sólo entendible al escritor, que será también lector de su propia obra y esto es un aviso para navegantes, como habitante de un país en el cual se les dice artistas a los toreros y famosas a las putas.
Todo valdrá a partir de aquí para captar la atención de una flor de romero tan blanca como nunca se ha visto.
Pero, anyway, como aquí el protagonista es lo que importa, pero aún, o mejor dicho, otra vez anda sin nombre, lo mejor sería que alguien se lo pusiera y quien mejor que este escritor o mejor aún, otro escritor, u ora.
Una escritora o poetisa de las buenas, acostumbrada a caminar angostos senderos hacia un faro que evita que las desgracias e infortunios caigan sobre la ciudad sin nombre. Y ella, aparte de rebautizar a nuestro protagonista, aunque a los nuevos por estos lares les pueda parecer un ejercicio de endogamia amistosa, continuará el relato indeterminado que echa el vuelo en su propio espacio de expresión llamado la ciudad sin nombre como epílogo al festejo de la mayoría de edad del propio relato indeterminado..., ampliando las posibilidades del mismo con un abanico que sólo puede atraer nuevas brisas.
19. La última noche en el parque que lleva hacia el faro de la ciudad sin nombre.
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17. La última noche en el parque
¿No enamorarse? Esto es una ilusión.
¿Entregarse a alguien tan inalcanzable, tan fuera del radio de su influencia, que no le permita veramente aspirar a ser respondido? Una opción válida como cualquier otra.
¿Debiera esta mujer ser alguna diosa humana o figura cuasi o no mitológica como Helena de Troya, Juana de Arco interpretada por Mila Jovovich, Liberace, Summer Nyte , la Remedios de Gª Márquez o quizá incluso la inevitable Reina Sophía?
Puede que tampoco sea esto lo que necesita y no lo tiene nada claro.
Y es grande la confusión en este momento de nuestro protagonista y le afecta más allá de lo aconsejable hasta el punto de ni siquiera querer recordar los nombres que una vez tuvo...
No, no consigue recordar, cree haber sido Juan, y con Julio se equivocó y de todos modos ya acabó, y lo que una vez fue deja de existir cuando deja de verse. Liándose a cada pensamiento escurrido de su esponja hoy muy seca por los excesos de la última celebración a cuento de su recuperada libertad festejada la última noche en el parque de toda la vida, persigue la metamorfosis necesaria para enderezar nuevamente su destino sin obtenerla. No acaba de dar con la combinación de teclas que se lo permitan de manera coherente y entendible siquiera para él.
Todo este, su rollo, se le antoja inutilizable como el papel de váter que se precipita por descuido hacia su destino prematuramente. Con lo fácil que sería todo si simplemente se convenciera, quitándose más allá esas pajas, de que en realidad todo lo que necesita a día de hoy es una mujer blanca por fuera, blanca por dentro y blanca alrededor.
Blanca, Romero digamos, y tendría, por ejemplo, esta pinta:
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16. La última noche en el parque
Jorge no fue acumulando rencor, ni antes ni ahora lo sentía, más en ese mismo instante, en ese preciso instante en que supo nuevamente de ella se dio cuenta de lo obvio: no era digna de su amor. Nunca lo había sido, pero Jorge empeñábase en su cerrazón, asido fuertemente a unos sentimientos tan sólidos que sólo han podido ser derribados y mortalmente heridos cuando se la volvió a encontrar de frente y la miró a la cara y vio todas esas arrugas de mentiras sin maquillaje fraseado falseador alrededor de sus ojos y cuello, con la celulítis ya alcanzándole no sólo brazos y muñecas, sino hasta los tobillos y tan visible aún aquí entre las medias de rejas de puta manifiestamente barata que la a la par inverosímil mórbida flaqueza de sus carnes esqueléticas no revelaba otra cosa que su alma espuria, tan falsa cómo esos implantes de pecho que le asaltaron a la vista cual taimados trileros. ¿Qúe quedaba ya de su belleza natural? Nada. Toda ella era un engaño, un fraude, una mentira contada millones de veces que en un momento lúcido al fin ha sido descubierta por Jorge cuando se presentó nuevamente ante él. Y a él es a quien se le ha caído la venda de los ojos en última instancia, porque ella, bien lo supieron muchos, antes que él, nunca la lleva puesta. Digan lo que digan, ella nunca ha llevado los ojos vendados.
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15. La última noche en el parque
¿Qué sentirían? No sabe ya cómo aguantar esta tremenda carga, y se pierde en semejantes divagaciones injustas con todos, pero a veces es que no lo puede evitar, y queda bastante justificado además su sentir ante el conocedor objetivo de su desdicha. Se agarra únicamente ya a la ilusión de un posible permiso que pudiera recibir en julio. Su abogado lo ve factible pero tampoco quiere crearle falsas expectativas que pudieran hundirlo un poco más en ese pozo desde el cual en muchas ocasiones no se ve el cielo azul como salida, sino que se convierte en algo irreal o utópico, siendo benevolente, pero por definición, inalcanzable a un pobre diablo como él, sin más recursos que los de su familia que bastante esfuerzo hace ya. Y maldice su destino, fraguado ya desde el mismo momento en que nació, y su pobre condición.
En su fuero interno no obstante, no maldice su propia suerte en última instancia, sino únicamente su pertenencia a esta especie, que no por muchos años más seguirá sin estar en peligro de extinción, aunque bien sabe él que mal de muchos sólo es consuelo de tontos, pero no sin razón piensa: "coño, si a nadie le importo, qué me importa a mí nadie".
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14. La última noche en el parque
Jorge no es ajeno a toda realidad, y agradece, que conste, lo que haya que agradecerle a sus nuevos amigos, aunque su particular realidad se limite a celdas, patios y economatos, que a su manera de entender incomprensiblemente (y para cada vez más personas, espero) lo ha colocado en el mismo plano, no sólo arquitectónico, de otros con los que Jorge no quiere tener nada que ver. Pero bueno, hay cosas que no hay que tratar de entender si uno no quiere volverse loco. Ese es el consuelo de Jorge. Por el momento.
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13. La última noche en el parque
Un hombre resuelto a enfrentarse a su destino y una mujer perfecta pero esquiva.
Esa es la trama alrededor de la cual gira el relato indeterminado, no caben más dudas. Una serie de desventuras inexplicadas vividas por el protagonista, le han llevado a prisión de un modo inenarrable, y ha de conformarse a la nueva limitada realidad entre las frías, húmedas y grises paredes del centro penitenciario de un pueblo asturiano, pero con la seguridad de que la verdad está ahí afuera, y ésta es propagada como fuego en un bosque de cerillas por quienes conocen su existencia.
La grandiosa relación sentimental de Tía y Jorge ha encontrado eco hasta en algún periódico nacional de amplia difusión, y provocado el interés de miles de anónimos ciudadanos, que se desvelan ante las nuevas vicisitudes de un amor tan imposible como deseable.
Trovadores musicalizan las andanzas de los dos amantes, tertulianos teorizan con ricas polémicas sobre el porvenir de su amor. En los portales se marujea con cierta inquina hacia "la Tía", que es más querida en ámbitos intelectuales. Los niños, con su inocente y desprejuiciada visión de la realidad, gritan por los patios sus deseos de ser como Jorge, y las suegras lo desean como yerno de sus desafortunadas en amores hijas. En el registro civil no hay más nombres que el de Jorge en caso de varón recién nacido, aunque el nombre de Tía no se acaba por imponer entre las niñas, y es preferida la variante Iustitia.
Nada puede detener el glorioso avanzar de esta historia. ¿Nada?
Casi nada mejor dicho, puesto que este próximo domingo el mundo se parará por uno de esos acontecimientos que sólo ocurren muy de cuando en cuando y mantienen en vilo a toda la humanidad, y que, todo hay que decirlo, está muy por encima de los dichosos avatares que pueda sufrir cualquier ser humano.
Once atléticos jóvenes vestidos con camisetas rojiblancas tratarán de enmendar una de las más grandes injusticias de los últimos tiempos y devolver al Real Sporting de Gijón a la primera división del fútbol español.
Jorge escuchará los pormenores de semejante hazaña por la radio. Y se alegrará.
Aunque no acabará de entender muy bien el porqué.
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12. La última noche en el parque
Pero el nombre no era lo único que fallaba en Juan. A él, y a él, le había comenzado a faltar su pareja, pero a Jorge esto no le ocurriría. Ahora, ¿quién? ¿Cómo sería esa chica?
Jorge se estrujó los sesos buscando en su imaginación a la mujer ideal.
Debía ser alguien nada superficial, que no se guiara por prejuicios, capaz de tomar sus propias decisiones aunque para ello tuviera que blandear cual espada su sentido común, tan rebosante en la cornucopia que portaría con ella, sin blandear. Una chica fuerte e independiente que no necesitara de la ayuda de nadie para soportar en su mano su propio, en ocasiones, seguramente, tan pesado destino o de quien confiara en ella. También habría de ser resistente, rocosa, no fuera a dejarse arrastrar por la fuerza leonina característica de estos últimos, envalentonados por saberse auspiciados por una mujer como ella. Instruida y con capacidad de discernimiento entre el bien y el mal incluso con los ojos vendados hasta en los asuntos más delicados, pero aún más juiciosa en los simples, que a veces se presentan como los más sensibles por muy incongruente y a la par trillado que esto le sonara a Jorge, el autor.
Habiendo decidido las propiedades de carácter esenciales del nuevo personaje y tomado la determinación de obviar las características físicas en este punto, restaba nombrar a esta hembra, que sin duda debiera ser un ejemplar primus inter pares de ascendente virgo.
La más importante e indispensable, o simple y llanamente la mejor en el duro mundo, ilimitadamente lleno de terror que desasosiega hasta al más ducho en lides con y por sus enfrentamientos fratricidas, apenas soportables ya de por sí por otros lares humanos, en el cual se iba desenvolviendo Jorge a estas alturas de la historia hacía tiempo, tras salir de aquel sendero, que nunca fue recto, del parque verde y oscuro de la muy lejana noche, su última en el parque; y este sueño de mujer está claro que ya existía, cae en la cuenta el autor, y como toda dama de elevado espíritu o no, podía haber vuelto loco a más de un hombre actualmente, se llamara Jorge o Rafael.
Mas aún consciente de esto, no lograba el autor atrapar ese nombre que denominara sin equívocos a la figura válida para tan excelsa como dispar demostración de poder tanto en lo más alejado como próximo a la lógica y por consiguiente también a la demencia.
"Dí qué...", meditaba, "temis...", siguió, y prosiguió así, "te llamarla por su nombre aquí, donde queda tan cerca la antigua Justina, justita también ella de las in iustitia necesarias reformas", intentaba justificarse a sí mismo el autor, por no dar con algún nombre adecuado.
Pero finalmente no es necesario buscar excusas y se decide por el nombre que más se ajusta a sus requisitos.
Y juzga apropiado levantar la sesión y emitir su fallo nominal tras media noche fatigosa a más no poder y estar jodido, pero contento otra vez más de no ser otro Jorge, y haber, entre otras cosas que le permiten el uso y el disfrute de la libertad, podido aprovechar para, entre tanta letra, visionar El Proceso Paradine.
Ah, la chica se llama...tachán,tachán...
Tía.
Tía Qué Fuerte, y vive en Madrid. Cómo no.
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11. La última noche en el parque
Horas y horas perdidas maquinando enrevesadas tramas que le diluían frente a la pantalla según afrontaba a Juan con su destino en el parque. Quizá fuera el nombre del protagonista lo que no funcionaba.
Se hacía hacia esta resolución más y más convencido a cada instante que pasaba.
Jesús quedaba descartado en un jesús y por obvio. Julio Lucas por inalcanzable y Jezabel no concordaba en género. Con Jerdinando tuvo alguna duda hasta que le vino a la memoria Jorge.
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10. La última noche en el parque
No hay más pósteres, objetos o sensaciones que provoquen su genio creativo en ese cuarto. El patio es de luces y nunca le han inspirado ese tipo de vistas, en el mejor de los casos, voyerísticas, más que ganas de saltar por la ventana, que en esta planta baja no le serviría de mucho aunque se tirara de cabeza. Si acaso lograría una brecha, mellarse algún diente. Poco más.
Tiene ganas de volver a ver a su chica, para no echarla de menos, sino de más, lo cual sin embargo significaría el fin de sus correpondientes vacaciones, que a su vez, y por otro lado, le están resultando de lo más aburridas.
Aburridas por la habitualidad, como siempre que vuelve al lugar donde permanece su familia, y eso que adora esa, ahora ya, esa, ciudad: Xixón, el chiquito Londres.
No hubo nada que hacer, incapaz de crear más, espera hasta
esta noche en la que se aburre horrores en su puesto de trabajo, sin ninguna tarea en concreto que realizar, sin darse cuenta de que esto último es una bendición, si se dispone, como es su caso, de las suficientes herramientas de distracción.
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9. La última noche en el parque
Su presentimiento sigue ahí, dentro de si mismo, no ha desaparecido.
Y entonces ocurre.
Mira hacia arriba, y, ligeramente a la derecha de su mirada y tal como si estuviera nadando en la mismísima bahía del Hudson, ve perfilarse ante sus propios ojos la majestuosa skyline de Nueva York.
Las imponentes Torres Gemelas dominan la panorámica y sólo un poco más al fondo asoma casi diminuto, obviamente debido a la perspectiva desde la cual mira Juan, el Empire State Building.
Es un atardecer y el crepúsculo es admirado por Juan desde la parte occidental de la Bahía, y los últimos rayos de sol bañan de agradables reflejos dorados los edificios y una suerte de avenida con cierto movimiento que se halla en primer plano, mientras tras esto, la noche púrpura se apodera de la variedad cromática, atenuada únicamente por un grupo de nubes dispersas y sin forma definitoria, en apariencia aún reticentes a desaparecer del todo y dejar paso a la oscuridad de la noche.
Juan piensa y repiensa, muy contrariado ya, en que si no serán los últimos efectos del porro que se había fumado antes, pero se da cuenta de que de aquello han debido de pasar ya muchas horas, si no días o incluso semanas, y descarta esta opción, aunque su asombro va en aumento cuando le da por seguir girando su cabeza hacia su derecha y observa anonadado como nueve chicas de pie, en sugerentísima ropa interior roja le miran a los ojos con expresiones de deseo, cuál más, cuál menos, logradas.
Están dispuestas unas junto a otras, algunas enfrentadas, otras abrazadas y casi todas amagando bajarse las braguitas. Dominan en número ligeramente las rubias, aunque ninguna parece serlo del todo de forma natural. Los cuerpos son de su agrado y del de cualquier hombre sin desvaríos hormonales, siendo mayoría las del tipo recauchutado, un par de ellas, eso sí, muy en exceso, opina Juan. Él, las que más prefiere son como la segunda empezando por la izquierda, muy delicada en su conjunto, facciones sin dejar de ser marcadas sí matizadas, muy delgada acorde con su estructura ósea, con poco pecho y rubia bastante natural, de aparente fragilidad también en el gesto, más sibilinamente perversa a la vez, o ésa al menos es la impresión que le causa a Juan esa desafiante mirada. Sí, este tipo de lolita es su prototipo de mujer preferido, al menos para alegrarse la vista, que a la hora de la verdad para Juan no hay nada como unos muslámenes bien prietos.
Ante el aluvión de sensualidad Juan casi aparta de su mente la extrañeza de esta nueva y singular visión, pero al momento cae de nuevo en la cuenta del surrealismo en que se halla imbuido todo su ser al oír unas pisadas vigorosos que se acercan retumbantes hacia donde se encuentra.
Juan, en el no va más de la flexibilidad de su cuello, retuerce éste hasta límites insospechados en dirección de dónde provienen los pasos y cae de la silla al suelo en el instante preciso en que su abuela aparece ante él diciéndole que las fabas están listas.
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8. La última noche en el parque
Recordaba a menudo aún la primera aparición de esa sensación siendo muy niño, aquella llamada telefónica, a horas nada intempestivas de una tarde primera de otoño, apacible y aún de cierto calor en la cual, mientras merendaba tardíamente con su hermana y madre unas tostadas de mermelada, de fresa, siempre era de fresa, en casa, resonó con una para él tan inusitada fuerza el campaneo del timbre del teléfono que en ese mismo momento su pequeño interior, lo que él mismo a partir de entonces no supo más que llamar alma, pegó un revolcón tal que provocó que exlamara un grito de un 'no' tan agudo, primitivo a la vez que sostenido, que su madre tuvo que darle varios sopapos para que se tranquilizara antes de poder ir ella misma a contestar la llamada, ante la atónita mirada de su hermanita.
Dicha llamada acabaría por anunciar la muerte de su padre.
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7. La última noche en el parque
Una vez más su necesidad dirige la mirada al teléfono. Una suerte de presentimiento estremece su ser cuando oye el politono de Kill Bill en su móvil. ¡Cómo le gustó aquella película!
Las dos, y eso que Tarantino le parecía un aprovechado listillo de la peor calaña, que había triunfado irremisiblemente por la apatía de los grandes directores durante los noventa, no por talento propio. Pero Kill Bill era de lo mejorcito que había visto en los últimos años.
Permitió al silbido que llegara hasta las notas más agudas, ésas que perturbaban a cualquiera que las oyera, no podía remediarlo, a pesar de los avatares de esta noche, era superior a él. Y de repente cesó de sonar.
Se maldijo a si mismo antes de destapar el teléfono.
El teléfono reflejaba un número desconocido, aunque pudiera ser que lo conociera, puesto que recientemente le habían robado el móvil, y aún no había recuperado toda su agenda de contactos, aparte de que su memoria era la de un ajolote desde hacía años ya, cuando la memoria de los teléfonos sustituyó a la de las personas, al menos en lo que a números de teléfono se refería.
Era el número de un fijo que le sonaba de todas maneras, pero no logró saber cuál hasta el instante en que leyó el sms proviniente de Elena, unos treinta segundos después de apagarse la inconfundible sintonía.
El número que le había llamado antes era el de su suegra, estaba claro ahora, y es que su novia le decía lo siguiente en el mensaje: "m ido de casa ya n soy feliz contigo y m mresco ser feliz".
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6.La última noche en el parque
De algún modo pues, tuvo que ocurrir lo que ocurrió, aunque él ahora mismo no tenía muy claro lo que realmente había pasado, y ahora no hacía otra cosa que mirar su móvil constantemente.
Juan es bastante freak en el sentido moderno de la palabra. Todo lo que tenga que ver con tecnología punta de uso doméstico ha de ser suyo y cuando hace poco tiempo al fin tuvo la opción de disponer de correo electrónico en su móvil no se lo pensó dos veces.
Y ahora, preocupado por ni siquiera recordar bien lo sucedido hace sólo unos pocos minutos, mira la pantalla del teléfono móvil absorto, y como esperando alguna revelación, o para ser exactos, parece como si esperara las indicaciones de alguien, y que esas indicaciones le llegaran a través de un sms o incluso un e-mail.
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5. La última noche en el parque
Jamás se hubiera imaginado acabar hasta las pelotas de esa chica que tanto tiempo le llevó conquistar. Ésa que tenía que caminar con el mayor de los cuidados cuando se bajaba de la tarima de la discoteca donde bailaba cuando la conoció, para tratar de no resbalarse en los rastros de baba que se acumulaban a sus pies como decía él, en los buenos y, decididamente, lejanos tiempos, cuando la pasión entre ellos se desbordaba noche tras noche.
Tampoco con su trabajo de jardinero estaba contento, jardinero industrial se llamaba muchas veces a si mismo, puesto que ni siquiera era un jardinero de verdad, sólo trabajaba para una subcontrata del ayuntamiento en la que cuidaba de los jardines de la capital de su región de manera nada artesana, que es como él consideraba era el modo ideal en que habría que proceder siempre en este oficio.
Ni con su coche o piso, pendientes ambos de ser pagados, y si se ponía a pensar tampoco estaba a gusto con su propio ser, pero bueno, durante la mayor parte del tiempo lo tenía asumido como inherente a la existencia del actual ser humano. Era generalmente de la opinión que en realidad casi nadie se encontraba conforme consigo mismo o su vida, si exceptuaba a los futbolistas o actores de éxito, a los cuales tenía en alta estima por poder dedicarse, y ser ampliamente remunerado por ello en metálico y en especie del género femenino, a aquello que más les gustaba en la vida. No concebía la realización personal a través del trabajo, del amor, hijos, posesiones, solidaridades o asuntos parecidos. Eso para Juan eran comecocos que mantenían a la gente distraída, mansa y complacida. Aunque cuando escarbaba, cosa que por alguna limitación de su entendimiento no le agradaba en absoluto y aún así le resultaba imposible de evitar, un poco más en su análisis de la situación, incluso vislumbraba lejana pero visible, la conclusión de que ni aquéllos, futbolistas, actores y demás farándula, sus héroes, debían estar contentos del todo a pesar de sus hembras, lujos y demás privilegios, según él.
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4. La última noche en el parque
Lo había adquirido de su amigo Antonio no por otra cosa que, según pasó el tiempo se fue dando más y más cuenta, tener un pretexto por el cual poder salir larga y distendidamente a pasear por las noches y fumarse un porrito en el ínterin. Luego descubrió este parque a unas ocho manzanas y dos descampados de su casa donde el perro lo dejaba en paz durante un buen rato dejando de ser una carga necesaria que llevar encima para proporcionarle esos momentos para sí mismo que tanto necesitaba, y así Juan podía meditar reposadamente, en casa no podía ni por asomo, acerca de su vida. Más bien, meditaba acerca de todo menos de su vida, en un estado digamos feliz, aunque, a pesar de la agradable sensación que provocaban en él los efectos propios del buenísimo chocolate que solía consumir y sus consecuentes pensamientos evasivos sin el lastre del perro, acababa habitualmente por deprimirse un poco hacia el final. No podía evitarlo.
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3. La última noche en el parque
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2. La última noche en el parque
Sí, en el tiempo que ha estado viniendo a este parque sólo se había tropezado a lo sumo con un par de personas, hoy han sido seis de golpe, y siempre había sido en los límites del mismo con lo que denominaríamos zona residencial, no como hoy, en su rinconcito preferido escorado en la loma central, pero aún así, no hay nada raro en encontrarse a seis jóvenes a medianoche en un espacio público en una ciudad como ésta. Y que le pidan tabaco estos jóvenes pues tampoco es de extrañar, ni ahora ni antes ha sido algo inusual, con crisis económica o no, además vio claro desde el principio que no restaba mucho tiempo para ser desplumado, sobremanera, cuando fue rodeado estudiadamente por los jóvenes elementos, aunque trató de ignorar este último pensamiento con el fin de reprimir el inevitable pánico nervioso que acechaba en aquel instante en su cuerpo.
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1. La última noche en el parque.
Son seis las colillas de cigarrillos Chester las que hay dispersas en el suelo alrededor de Juan.
La séptima aparece cuando da un pasito hacia atrás y apoya la planta de su pie izquierdo en el tronco de la farola, que es el único foco de luz en veinticinco metros a la redonda, sobre el cual reposa la espalda primero y luego, la cabeza.
Esta última colilla en realidad, es la única que debería denominarse como tal, puesto que el resto ha sido consumido únicamente hasta la mitad de la usual vida útil del cigarrillo.
Este recoveco del sendero que serpentea en subida hacia la loma central del parque, donde sobre el firme sólo se encuentra el típico banco de respaldos de madera y armazón de hierro forjado, donde la farola está inserta en la tierra a un par de palmos del bordillo que delimita el espacio natural del urbano, ha estado bien concurrido hasta hace unos minutos.
Juan suele pasear con su perro, desde hace un par de meses, por este coqueto parque de tamaño mediano por el que hasta corre un arroyito artificial que un par de puentecitos como de juguete hechos con tablillas agracian bastante, aunque por lo demás es un corriente parque de extarradio de una ciudad norteña, en el que casi nunca ha coincidido con nadie, puesto que es una nueva urbanización de la reciente periferia de la ciudad y por tanto una zona poco habitada por nuevos adquiridores de viviendas, sin tener en cuenta lo tarde que suele ser cuando Juan saca a su cocker Fritz. El perro puede corretear por las verdes laderas, casi siempre húmedas, ya a partir de medianoche, sin tener que preocuparse de gran cosa por él. Hoy se había retrasado un poco más de la cuenta por la prórroga y los penaltis del partido. Los suyos no habían tenido suerte esta noche.
Pero ahora prefería que su equipo hubiera sido eliminado ya antes, en el tiempo regular, así no hubiera llegado más tarde que de costumbre al parque. Al parque que desde hoy no volverá a considerar como su pequeño rinconcito de esparcimiento. Este lugar ya no será para él el mismo lugar. Nunca más, probablemente.
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