Las gaviotas sobre mí

Cuando las gaviotas y las palomas y todos esos pájaros del cielo me sobrevuelan, me siento como las nubes bajo el cielo: harto poco. Es algo, por entonces, lo que piso, que de tan redondo, esférico, se me hace plano y apenas hacen resbalar a mis pisadas cóncavas sobre el firme, salvo en contadas ocasiones, en las que permito a la gravedad hacerme inopinablemente presa de sí. Bien, iba uno, que era yo, cierto día, tan campante por sobre algo tan parecido a lo de antes añadido, y ampliado en un campo sin puertas que haría creerse libre a cualquier hombre nacido bajo la égida del amor, que sucedió cierto hecho que no me trastornó pero hizo reaparecer en mí, reafirmarse como la celulitis con los años, la convicción en el poder del no. No, diré lo que no quiero contar bien tampoco venga mucho a este cuento aunque total ya está todo dicho al fin y al cabo, pese a que nada he hecho, por supuesto, pero, de algo hay que morir, y así sea para con estas palabras también, pero luego, luego de los potentes graznidos, perdido gorjeo u ocasional zurear de las palomas pata en tierra, por favor, narrador, apiádate de mí. Y paré, con la luna por arriba y el sol casi abajo, en medio cual coloso del ocaso entre millones de hierbajos diminutos, verdes, húmedos y nada, nadie, había por allí salvo yo, y las gaviotas que cagaban sobre mí.